domingo, 4 de mayo de 2008

LAS ARMAS DE NUESTRA MILICIA

2 Corintios 10:3ss

Introducción:

El domingo pasado, dijimos que como Iglesia “San Pablo” estamos en guerra y tipificamos diversas clases de soldados:

a) Soldados sin compañía

b) Soldados que no tienen cuartel

c) Soldados sin ejercitarse en la fe

d) Soldados a los que no les gusta la guerra

e) Soldados que no tienen o no usan uniforme

f) Soldados sin sujeción

g) Soldados sin armas[1]

Pero hoy quiero describir al “buen soldado de Jesucristo” según el testimonio paulino. Vamos a hablar de “San Pablo”, aquel que fue comisionado para predicarles a los no-judíos. Su legado apostólico es impresionante y puede alentarnos a nosotros hoy en nuestra misión conjunta. Nuestra Iglesia, lleva el nombre del príncipe de los apóstoles, y todos debiéramos honrar su memoria. Pablo es por excelencia el más grande de todos los apóstoles que haya conocido la cristiandad, ¿pero qué lo llevó a ubicarse en tal posición tan eminente? Sin duda, su trabajo en la obra del Señor. Analicemos lo que él dice sobre su ministerio en la Segunda Epístola a los Corintios.

Desarrollo:

1. Las armas de nuestra milicia no son humanas (v. 3)

Cuando Pablo escribe a la Iglesia de Corinto, lo hace para defender su ministerio frente a algunos falsos hermanos que denigraban y menospreciaban su ministerio apostólico, considerándolo inferior al resto de los apóstoles o de plano desconociéndolo como tal. Pablo tiene que defender su ministerio, porque tal encargo lo ha recibido del Señor Resucitado. No ha sido llamado ni escogido por ningún hombre sino por Jesucristo mismo en persona camino a Damasco. Pablo es “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (2 Co 1:1).

Muchos en Corinto, pensaban que Pablo andaba en la “carne”, es decir, según criterios puramente humanos (v. 2). Decían que Pablo hacía las cosas sólo por interés, como las hacía la gente de este mundo. Pero el apóstol les responde: “Es verdad que vivimos en este mundo, pero no actuamos como todo el mundo” (TLA, v. 3). Pablo, como es lógico se movía según la carne porque tenía un cuerpo de “carne y hueso” como nosotros. Pablo era humano, demasiado humano como cualquiera de los aquí presentes. Pero Pablo no militaba según la carne, porque “ni lo humano ni lo mundano determinaba[n] su conducta, ni era el fundamento de su confianza”.[2]

En el versículo 3, Pablo hace una diferencia entre el “andar” en la carne y el “militar” en ella. “Pablo emplea, en la segunda cláusula, el término más específico de ‘guerrear’ o militar”.[3] La palabra griega que usa Pablo es strateiometha, de donde viene nuestro vocablo estrategia, y significa: ‘ir a la guerra’, ‘hacer una campaña’, ‘servir como soldado’, ‘luchar’ y ‘combatir’.[4] Hace ocho días, decíamos que la naturaleza de la guerra que estamos librando como “buenos soldados de Jesucristo” no era física sino espiritual. Por eso, Pablo no combate con armas humanas lo que sólo puede combatirse con el poder del Espíritu Santo de Dios.

La guerra de que aquí se trata era la que el apóstol hacía contra el error y contra todo lo que se opusiera al evangelio. Esta guerra, dice él, no está conducida según la carne; es decir, gobernada por los principios de la carne y la confianza en ella. Él no estaba guiado por los principios que rigen al común de las personas, que actúan bajo la influencia de su corrupta naturaleza; ni su éxito dependía de nada que la carne (la naturaleza humana) pudiera brindarle. Él obraba guiado por el Espíritu y con la confianza puesta en Él. ‘Lo que Pablo dice de sí mismo, se puede decir de todos los ministros fieles de de Cristo. Son portadores, por ello, de un precioso tesoro en vasos de barro. Por lo tanto, aunque están sujetos a enfermedades y tribulaciones, el poder espiritual de Dios resplandece en ellos’ (Calvino).[5]

2. Las armas de nuestra milicia son poderosas en Dios (v. 4)

Si vivimos en la carne (=como seres humanos) pero no actuamos según los criterios de este mundo, entonces eso significa que el poder de nuestras armas no es nuestro ni de este mundo sino de Dios. Como nuestro enemigo no es de este mundo, tampoco luchamos con las armas de este mundo. ¡Pablo está preparado para la guerra porque sus armas son poderosas en Dios! En nuestra propia guerra como iglesia San Pablo debemos tomar las dos armas ofensivas contra el enemigo a vencer, esas armas son la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios y la oración (Ef 6:17-18). ¡Si la Iglesia “San Pablo” va a avanzar será sobre rodillas! ¡Las rodillas dobladas que oran!

Pablo describió en otra parte el poder de Dios, porque el poder de la Iglesia radica en el mensaje salvador de ella proclama (Rm 1:16). Pablo sabía que la misión de un apóstol era como la lucha de un soldado, y cuando su ministerio es puesto en entredicho, Pablo contesta: “Con el poder que Dios nos da, anunciamos el mensaje verdadero. Cuando tenemos dificultades las enfrentamos, y nos defendemos haciendo y diciendo siempre lo que es correcto” (2 Co 6:7, TLA). Y el poder que Dios nos da, es el mismísimo poder que levantó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos. Además, Jesús antes de su ascensión dijo: “Toda potestad me es dada…” (Mt 28:18). ¿Dónde? “En el cielo y en la tierra”. ¡Jesús está con nosotros! (v. 20). De ahí que debamos usar el poder de Dios para destruir las fuerzas del mal. Cristo y la predicación de su cruz, son el poder de Dios para destruir fortalezas (1 Co 1:18, 23-24).

3. Las armas de nuestra milicia nos someten a Cristo (v. 5)

Cristo es el centro de nuestra vida, porque la vida cristiana es cristocéntrica en esencia. Pablo en su defensa de su ministerio como un soldado fiel de Jesucristo, dice que el poder de Dios lleva a la destrucción de todo aquello que se oponga al conocimiento de la verdad revelada en Jesucristo. Los creyentes en tanto soldados al servicio de Jesucristo, hemos sometido nuestra propia voluntad a la voluntad soberana de Dios en Cristo: “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. El himno cristológico de Filipenses 2 dice que Dios está “exaltado hasta lo sumo”, que el tiene un “nombre” que es sobre todo nombre y que un día todos se someterán a Jesucristo, independientemente de si son o no creyentes. Por eso es preferible que hoy mismo nos sometamos a Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios.

Conclusión:

Nació en el siglo X, su nombre de pila era: Temüjin, el mejor acero. Fue un hombre guerrero y temerario, logrando consolidar el mayor imperio del mundo. Ni el imperio de Alejandro Magno, ni el Imperio romano, podrían compararse con la extensión del vasto territorio que logró consolidar bajo un fugaz liderazgo, extendiéndose desde Europa Central hasta el Sur de Asia. Después de muchas conquistas militares los líderes tribales mongoles lo bautizaron como Ghengis Khan, “el emperador de todos los hombres”. Al final de su vida en 1227, pronunció las siguientes palabras: “He conquistado todo un imperio para ustedes, el resto del mundo se los dejo, es a ustedes a quienes les toca conquistarlo”.

¡Jesucristo conquistó el imperio de la muerte por y para nosotros, hoy nos toca a nosotros proseguir la guerra cuya victoria ya fue obtenida por él a favor nuestro! ¡El triunfo está asegurado, hagámoslo nuestro! Amén.

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas

INP “San Pablo”

04/05/08



[1] Flores-Rojas, E., ¡Guerra, guerra sin tregua! en http://dicenquepredico.blogspot.com/

[2] Hodge, Charles, Comentario a II Corintios, El Estandarte de la Verdad, Barcelona, 2000, p. 259.

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 160.

[5] Idem.