domingo, 20 de abril de 2008

NUEVAS FUERZAS EN LA DESOLACIÓN



JUECES 16:23-31; HEBREOS 11:32-40

Introducción:

Se llama Dana Abdul-Razzaq, tiene 21 años y es iraquí, vive en un país agobiado por la violencia, desolado y destruido por la guerra. Ella es una de los 5 atletas iraquíes que irán a Pekín para participar de los juegos olímpicos. En el periódico apareció una nota titulada “Rumbo a Pekín a través de las balas”. Ahí entre otras cosas se comenta: “La velocista iraquí Dana Abdul Razzaq supera adversidades en la violencia de Bagdad”.

Bagdad, 14 de abril. La velocista iraquí Dana Abdul-Razzaq ha eludido balas para dedicarse a su amor por correr, en su determinación por llegar a ser la única mujer de su país en participar en los Juegos Olímpicos de Pekín.

Pocos atletas se han topado con los obstáculos que la corredora, de 21 años, ha superado: desde la amenaza de un francotirador hasta la penuria de encontrar instalaciones de entrenamiento adecuadas y la oposición religiosa y cultural que padecen las atletas.

“Me encanta correr; tengo el deseo de practicar y soy ambiciosa a pesar de todos los problemas a los que me enfrento”, comentó en el desmoronado estadio Shaab de Bagdad.

“Se supone que debería tener un masajista, sufro espasmos musculares cada día. Un doctor debería darme un programa nutritivo específico. Me siento mareada ahora, dado lo arduo de mi entrenamiento y porque no sigo una dieta específica”, comentó.

Las autoridades iraquíes de atletismo no han puesto gimnasios a su disposición, de modo que la velocista a menudo paga de su bolsillo para usar gimnasios públicos para los entrenamientos con pesas que necesita.

“Estoy limitada por todos lados”, dice.[1]

Desarrollo:

La Biblia está llena de hombres y mujeres como Dana, que “sacaron fuerzas de debilidad” o de flaqueza y en medio de las adversidades más terribles de la vida (Heb 11:34). Uno de esos hombres –por paradójico que parezca- es Sansón, el hombre fuerte. Él debió brillar como el mismísimo sol, porque su nombre viene del hebreo Shemesh, que significa sol. Cerca de donde nació Sansón (a 3 km al Sur de Zora) existía una ciudad dedicada al sol: Betsemes, Casa del sol (cfr., 1 Sm 6:12-21).

La vida de Sansón pudo resplandecer con mucha intensidad, porque Dios lo consagró desde el vientre de su madre para ser un nazareo. Su vida debió ser grandiosa, porque todo en él deparaba grandes cosas. Miremos por qué:

1. En primer lugar, porque su nacimiento fue milagroso. El relato bíblico dice que su madre "era estéril y nunca había tenido hijos" (Jc 13:2). Pero Dios le prometió: "concebirás y darás a luz un hijo" (13:3). ¡Sansón fue un regalo extraordinario del cielo! ¡Su nacimiento fue fruto de una promesa divina! Con esto, Sansón se coloca en la misma línea que el profeta Jeremías, quién fue consagrado desde el vientre de su madre (Jr 1:5). Sansón también fue consagrado por Dios desde el vientre de su madre (13:4-5). Sansón fue “predestinado” por Dios para ser grandioso.

2. En segundo lugar, porque Dios envió a su ángel a anunciar su nacimiento, el "ángel de Jehová" se le apareció a la esposa de Manoa, futura madre de Sansón (13:3, 9ss). Su nacimiento es "anunciado" del mismo modo que el nacimiento de Jesús (Mt 1:18ss; Lc 1:26ss).

3. Finalmente, porque el "Espíritu de Jehová" se manifestó en él con poder (13:25). Esto es significativo, porque en el AT muy pocas eran las personas sobre las que se manifestaba el Espíritu de Dios, como por ejemplo, los sacerdotes, los profetas y los reyes. No todos tenían el Espíritu, sino unos cuantos "escogidos". ¡Y Sansón estuvo entre ellos!

Por estas tres razones, y otras más, la vida de Sansón debió ser maravillosa; pero al llegar al final de su vida -como acabamos de leer-, pareciera que la existencia de Sansón no terminó en la forma tan extraordinaria como había comenzado. Por eso, es importante que aquí hablemos de: ¡las debilidades de un hombre demasiado fuerte! La vida de Sansón está llena de contrariedades y contradicciones, él "es fuerte como un gigante y débil como un niño, seduce a las mujeres y éstas le engañan, juega malas pasadas a los filisteos, pero no libera de ellos al país" (Biblia de Jerusalén).

¿Cuál era la principal debilidad de este hombre fuerte?

Una rápida mirada a la vida de Sansón nos va a decir cuál era la gran debilidad de Sansón y hacia donde lo llevó esa debilidad. Como veremos, ¡hay debilidades que matan! El relato bíblico remarca una y otra vez, que a Sansón le gustaba mirar (14:1-2; 16:1; 16:4). ¿Mirar qué? ¡Mirar mujeres! Quizá por eso, una de las primeras acciones de los filisteos al aprehenderlo fue sacarle los ojos (16:21). El problema en la vida de Sansón es su gusto por las mujeres extranjeras o "filisteas". Ellas fueron causa de su ruina. A causa del amor de esas mujeres, Sansón se metió en muchos problemas y finalmente perdió completamente todas sus fuerzas, y todo el extraordinario poder espiritual que le acompañaba.

El problema que Sansón enfrentó es el mismo que muchos jóvenes y señoritas de nuestras iglesias enfrentan en la actualidad. Al igual que nuestro "hombre fuerte", ellos se involucran sentimentalmente con la persona inadecuada, con el hombre o mujer no apto para ellas/ellos. Sansón decide involucrarse sentimentalmente con mujeres ajenas a su fe, a su Dios, a su pueblo. Esas decisiones le trajeron severas derrotas en el ámbito no sólo sentimental sino en la forma como él enfrentaba la defensa de su pueblo frente a los filisteos. La primera vez, sus padres lo persuaden a no enamorarse de alguien ajena a la fe israelita (14:2-3) A pesar de las advertencias de sus progenitores, él sigue en su empecinamiento.


¿Qué consecuencias trajo todo esto? Hay que notar que ¡Sansón fue infiel a Dios y como consecuencia de ellos, las mujeres de las que se enamoró perdidamente le fueron infieles! La primera mujer con la que se involucra Sansón es anónima, sólo sabemos que era de la aldea de Timnat, no conocemos su nombre pero si sus acciones, y también sus traiciones. En contubernio con los enemigos de Sansón, ella lo persuade a que le revele el enigma que Sansón les había formulado a los filisteos (14:15-17). Vean el uso del lenguaje manipulador: "Induce a tu marido"; "no me amas"; "ella lloraba"; "le presionaba"; etc. ¿Dónde hemos escuchado esas expresiones?

Pero la vida de Sansón no es sino un reflejo de las infidelidades del pueblo de Israel. Su vida es paradigmática. Así como el pueblo de Israel y la ciudad de Jerusalén se habían prostituido tras dioses ajenos y falsos (Ezequiel 16:14-19), Sansón tampoco se mantiene puro para su Señor (Jc 16:1), como consecuencia de ello, es reducido a un simple bocado de pan (Pr 6:24-26). Las mujeres inapropiadas con las cuales se involucra Sansón, “cazan” su preciosa alma. Así le sucede con la última mujer con la que se involucra, Dalila (Jc 16:4-6). La mujer es usada por los enemigos de Sansón para destruirlo, le ofrecen pagar una fuerte suma de dinero por su “preciosa alma”. Sansón no se ha dado cuenta que está jugando con fuego, no ha notado que el Dios de la Biblia dice: “No tentaras al Señor tu Dios”. Dalila insiste una y otra vez para que Sansón le descubra el origen de su gran fuerza (Jc 16:10, 13, 15-17). El final del versículo 17 es muy interesante: “me debilitaré y seré como todos los hombres”. ¡Dios quería algo muy diferente para Sansón, Dios no quiso que Sansón fuera como todos los hombres, sino el hombre más extraordinario de todos!

Pero Sansón buscó su propia ruina, juega con fuego y piensa que a él no le pasara nada, subestima a Dios y desprecia el don que Dios le concedió. Sansón dice “esta vez saldré como las otras y me escaparé”. Nosotros, muchas veces pensamos así. Pero el texto bíblico añade: “Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él” (Jc 16:20-21). ¡Qué cosa más tremenda!

Con este telón de fondo, llegamos al final de la vida de Sansón. Las malas decisiones que toma a través de su vida lo convierten en el hazmerreír de los filisteos, después de haber sido un gran hombre con una tremenda fuerza extraordinaria se convierte en un simple juguete (Jc 16:25). Preguntémonos esta tarde, a dónde nos ha llevado nuestro pecado o nuestro alejamiento de Dios. ¿Dónde estamos parados hoy, respecto a nuestra relación y compromiso con Dios? La Biblia dice, el que crea estar firme, mire que no caiga (1 Co 10:12). Estos no son tiempos para huir de San Pablo, sino para comprometernos más y más con el Señor.

Pero la vida de Sansón no acaba en derrota sino en el más extraordinario de sus triunfos, porque reconoce su alejamiento de Dios y finalmente se arrepiente (Jc 16:28ss). Aquél día aunque él murió, mato a más filisteos que los que había matado durante toda su vida. ¡Dios restaura la vida de Sansón! Dios quiere restaurar tu vida. Y Sansón aparece como un hombre de fe, cuya fe es digna de ejemplo (Heb 11:32ss).

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

San Pablo, 20 de abril de 2008.



[1] http://www.jornada.unam.mx/2008/04/15/index.php?section=sociedad&article=040n1soc

*La pintura que ilustra el contenido de este sermón es del pintor flamenco Peter Paul Rubens (28 de junio del 1577-30 de mayo del 1640).









viernes, 18 de abril de 2008

CONSEJOS PARA TU JUVENTUD[1]


“Muchacho, conoce la felicidad, mientras seas joven, y toma temprano las buenas decisiones. Elige tu camino como mejor te parezca, sin olvidar que Dios te pedirá cuenta de todo. No dejes que la amargura se instale en ti, ni la enfermedad en tu cuerpo: ¡juventud y cabellos negros son traicioneros!”.

Eclesiastés 11:9-10, Biblia Latinoamericana.

Introducción:

En una ocasión un hombre dijo: “Cuando era joven deseaba y podía hacer grandes cosas a través de mi vida, sin embargo no sabía cómo hacerlas. Ahora que soy viejo sé como hacer esas grandes cosas, pero ya no tengo fuerzas para realizarlas”. La juventud es una de las etapas más hermosas de la vida; ella representa vigor, energías, sueños, oportunidades, decisiones, pero también inexperiencia. Un viejo dicho dice así: “La juventud es una enfermedad que se cura con los años”. En lo particular no coincido con la idea de que la juventud sea una enfermedad; al contrario, se podría afirmar que en la juventud se dan las etapas más importantes y decisivas de la vida de cualquier persona, y la salud es muchas veces, sinónimo de juventud.

Sin embargo, Dios no forma parte de la vida de muchos de los jóvenes actuales, se cree que la fe en Dios es asunto de o para viejos. El rey Salomón, fue uno de los hombres más sabios de la historia, él es considerado como el autor de buena parte del libro de Proverbios, y también de los libros de Eclesiastés y Cantares. Algunos dicen que las partes del libro de Proverbios de las que es autor fueron escritas durante su juventud, justo antes de alejarse de Dios. Sobre Eclesiastés, se dice que fue escrito durante la vejez de Salomón. Comparando ambas obras, se puede ver en Eclesiastés, a un hombre que después de haber probado todas las cosas habidas de su tiempo y después de haber vivido experiencias de todo tipo; habla finalmente acerca de la vanidad de la vida y de lo inútil de las riquezas. Al final del libro, “el predicador” aparta un lugar a Dios, mencionando el papel que debió tener Dios en su vida y dando consejos a la juventud inexperta sobre cómo vivir vidas felices de la mano de su creador. Salomón nos habla de aspectos importantísimos para nuestra felicidad como jóvenes. He aquí cuatro consejos para los jóvenes:

I. Dios quiere tu felicidad como joven. “Alégrate, joven, en tu juventud; deja que tu corazón disfrute de la adolescencia” (11:9a, NVI).

La Biblia Latinoamérica traduce mejor esta idea, cuando dice: “Muchacho, conoce la felicidad, mientras seas joven, y toma temprano las buenas decisiones” (11:9a). Según está idea -que también traduce bien la Biblia Reina-Valera: “Alégrate, joven, en tu juventud...”- el joven debe buscar la felicidad durante su juventud, pues son momentos decisivos en los que puede disfrutar mejor la vida. El gran predicador inglés, Thomas Chalmers dijo una vez: “Los principales componentes de la felicidad son: Tener algo que hacer, alguien a quien amar y una esperanza”.

En otras palabras, la clave de la felicidad en la vida es un propósito claramente definido para vivirla. Y es precisamente durante la juventud, que se dan las mejores oportunidades para fijarse la razón de la vida y la meta de toda la existencia; pues se poseen elementos importantes y uno de ellos son las energías para lograrlas. Alguien dijo que el motor de nuestra vida es tener un motivo para vivirla, Dios quiere que vivamos vidas felices; es decir, quiere que nuestra vida sirva de algo y a alguien. Qué triste sería la existencia al vivir sólo por vivir, y sin metas que lograr, sin objetivos que llevar a cabo, sin sueños que alcanzar. Una encuesta en los EEUU dice que sólo el 3% de las personas tienen bien definida su razón de vivir. Como jóvenes debemos entender que Dios tiene un propósito para nuestra vida y éste es que le conozcamos, le amemos y le sirvamos, recordando las palabras de Dios que nos invitan diciendo: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos...” (12:1a), antes que se presenten los tiempos difíciles. Recuerden jóvenes, Dios quiere alegrar nuestra juventud, y darle sentido a nuestra existencia. Él quiere ser la razón de ser de nuestras vidas. Así podrás decir parafraseando al salmista: “Subiré hacia Dios, que alegra mi juventud.”

II. Considera a Dios en todos tus caminos. “Elige tu camino como mejor te parezca, sin olvidar que Dios te pedirá cuenta de todo” (11:9b).

Hace 20 años en los Estados Unidos -bueno, eso me contaron, porque para entonces, ni tú ni yo habíamos nacido-, dicen que había un programa de televisión en que las parejas de concursantes trataban de encontrar la salida de un laberinto a fin de ganar el premio de sus sueños. Uno de los dos concursantes se colocaba en el lugar más alto donde se dominaba todo el laberinto, y le gritaba instrucciones a su pareja que corría serpenteando por una serie de paredes, puertas y pasajes secretos. Como es de esperarse, el que gritaba las instrucciones podía ver sin impedimentos todo el laberinto; su parte era determinar el mejor camino a lo largo del laberinto y comunicárselo al otro en voz alta y con rapidez. Lo emocionante y divertido del juego, para los televidentes, era ver la confusión y frustración del corredor que trataba de captar las indicaciones, pero no tiene nada divertido estar atrapado en un laberinto.

Así se encuentran muchos jovencitos que están viviendo actualmente, al encontrarse en un laberinto de oportunidades –pero sin dirección y confundidos-, tratando de comprender los muchísimos mensajes que cada día escuchan de sus profesores, de figuras políticas, de la televisión, de sus padres, y sobre todo, de sus amigos. Todos ellos, de una forma u otra, tratan o buscan dirigir la vida de los jóvenes. Sin embargo, no todas las oportunidades que se presentan en nuestra vida son buenas. Hay que preguntarnos ¿cuáles son verdaderas? ¿Qué camino debemos tomar? ¿Cómo podemos encontrar una salida en medio de toda esta confusión?

Las respuestas pueden variar de acuerdo a la mentalidad, cultura, época o circunstancias de las personas. Sin embargo, Dios sigue siendo la mejor de las opciones para que un joven encuentre el mejor camino para su vida. Jesucristo sigue siendo por excelencia la puerta hacía la verdadera felicidad. Dios trasciende el tiempo, la moral humana y cualquier circunstancia. Por eso, la Biblia dice sabiamente: “Fíate de Dios de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia, reconócelo (tenlo presente) en todos tus caminos y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5ss).

III. Desecha la amargura y el enojo. “No dejes que la amargura se instale en ti,...” (11:10).

Durante esta etapa de tu vida, muchos adolescentes no saben los cambios que están ocurriendo en sus vidas. Son personas inconstantes en sus emociones, el enojo es un elemento común en la gran mayoría de ellos, su enojo obedece a su despertar a un mundo que no concuerda con ellos y buscan cambiarlo con sus acciones y actitudes. El enojo viene como resultado de que sus esfuerzos son casi inútiles, pues todo sigue casi igual. La amargura es una consecuencia de un enojo no resuelto o no manejado adecuadamente, de ahí que Dios invite al joven a desechar el enojo de su vida, pues él sabe que si este no se maneja bien puede acarrear a algo muy dañino como es la amargura. La amargura puede surgir como consecuencia de un familiar que nos lastima, un amigo que nos traiciona, una falsa acusación, una infidelidad de nuestra pareja, etc. Las causas pueden ser muchas, pero la gran mayoría tiene que ver con cosas injustas y en ocasiones fuera de nuestro control. La amargura también es algo que se contagia e invade el corazón hasta hundirlo y contagiar a los que nos rodean. Una persona con amargura es esclava de ese sentimiento negativo y por eso es que necesita libertad. La libertad que sólo Dios puede darnos a través de Jesucristo. La Palabra nos invita a desechar la amargura y el enojo. Ella dice: “quita de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal” (11:10, RV). Así que el mejor remedio contra la amargura es el perdón, la palabra hebrea quiere decir liberar, por eso la versión popular dice: “echa fuera de ti el sufrimiento”. ¡Que maravilla, mientras la amargura se aferra a la ofensa, el perdón se aferra a la libertad, la libertad de los hijos de Dios! (Rm 8:21ss). El perdón es una actitud en la que honestamente reconocemos la ofensa y ella se hace a un lado, nos hace recordar que a nosotros mismos también nos perdona Dios. Él nos perdonó cuando no lo merecíamos y no nos perdona por lo que hagamos o dejemos de hacer, sino por amor a sí mismo, por pura gracia.

IV. Desecha la enfermedad y el sufrimiento. “[No dejes que] la enfermedad [se instale] en tu cuerpo: ¡juventud y cabellos negros son traicioneros!” (11:10b).[2]

La OMS define a la enfermedad como la ausencia de la salud y a ésta, como ausencia de enfermedad. Es muy simple esta definición, y quizá más de un médico ya esté rezongando ahora mismo; pero, para efectos de nuestro sermón nos quedaremos con ella. La aparición de cualquier fenómeno que altere nuestra salud debe ser considerado con mucho cuidado. Sin embargo, durante la juventud, la enfermedad no juega un papel decisivo en la mayoría de las personas jóvenes, es más, los cuidados para mantener nuestra salud son escasos o nulos, pues consideramos que siempre mantendremos este vigor y salud, sin darnos cuenta que la juventud es pasajera.

Existen muchas formas de enfermarse, pero sólo un elemento se encuentra en casi todas las enfermedades: el propio descuido. Por descuido, se dan la mayoría de las veces las enfermedades de transmisión sexual, -ya sé que estarán pensando que se dan porque no usaron condón o preservativo, pero aquí debemos hacer énfasis de que para Dios, “condon o sin don, es fornicación-. La drogadicción, el tabaquismo, el alcoholismo, y los problemas nerviosos (la OMS en Ginebra dijo que los problemas mentales han aumentado en jóvenes en México), son enfermedades o problemas que se originan durante la juventud. Cuando avanzan los años vemos los resultados del descuido en nuestros cuerpos, por ejemplo, infartos por excesivo consumo de grasas, diabetes por alto consumo de azúcares, etc. Y todas estas situaciones acarrean sufrimiento y dolor. No es éste el plan de Dios que vivamos así; Él quiere que sea en la etapa de nuestra juventud cuando tomemos ciertas decisiones de suma importancia y que pueden cambiar nuestro nivel de vida de sufrimiento y enfermedad a uno de calidad y felicidad.

Conclusión:

En la catedral de San Patricio en Nueva York, se encontró el cuerpo muerto de un mendigo, pero en el interior de sus bolsillos se encontraron estados de cuenta bancarios con suficiente dinero para solventar las necesidades de ese hombre para toda su vida. Se habló mucho del mendigo millonario, nadie supo porque no hizo uso de esos recursos para vivir mejor. De la misma forma, muchos seres humanos viven mendigando en la vida y viviendo como este hombre, cuando en su interior, Dios ha colocado los recursos necesarios para vivir una vida feliz y plena. Dios en su infinita misericordia se ha revelado a todos en la persona de Jesucristo y en él, Dios nos da todas las cosas para encontrar la verdadera felicidad. Joven acércate a Jesús y él hará en ti una vida maravillosa. Él dice en su palabra, “...yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10:10). ¿Quieres plenitud de vida para ti? Acércate a Jesús, él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6). Amén.


Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

Cuernavaca, Morelos, 19/04/08.


[1] El presente sermón, no lo preparé yo completamente, sin embargo me pareció interesante y por eso lo comparto con ustedes, con leves modificaciones que me parecieron pertinentes. El autor es el pastor Gerardo González Cruz.

[2] La Biblia de nuestro pueblo dice: “Rechaza las penas del corazón y aleja los dolores del cuerpo: niñez y juventud son efímeras” (11:10).

sábado, 29 de marzo de 2008

¡Ven Espíritu y sopla!


Ezequiel 37:1-14

Introducción:

Desaliento y desánimo, son dos estados psicológicos que todos hemos experimentado en alguna ocasión. Nadie puede decir que no ha experimentado desaliento y desánimo todavía. Hay muchas circunstancias en la vida que nos empujan a experimentar ese talante negativo que nos hace ver todo oscuro y sin sentido. La pérdida de un ser querido, problemas laborales, enfermedades, algún fracaso académico, un desencuentro amoroso, un mal negocio, una ruptura matrimonial, desengaños, etc. Como individuos, como parejas, como familias o como iglesia, cotidianamente enfrentamos sentimientos negativos donde no encontramos las fuerzas necesarias para seguir adelante. La fe es puesta a prueba y viene la crisis.

Desarrollo:

La vida cristiana también resulta desgastante, puede ser tormentosa y difícil; en ella se encuentra muchas veces el desaliento y el desánimo, el fracaso, la crisis, el dolor. Cuando las fuerzas faltan y el ánimo está caído no tenemos ganas para seguir adelante. El desánimo es la carencia del soplo vital en nuestra vida. El desaliento es también la falta de la fuerza vital para la existencia. Las dos palabras son sinónimos y tienen que ver con aquello que nos mueve o nos impulsa a seguir adelante. Sin ese talante es imposible proseguir el camino porque no está el impulso vital.

El hombre se nos revela en la Biblia como un ser neumático (πνευματικός); es decir, un ser que necesita del “aliento o soplo vital” de Dios para sobrevivir. El libro de Génesis nos habla sobre esto: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente” (Gn 2:7). La Escritura nos muestra al hombre necesitado de un aliento de vida, de ahí que Job proclame: “Si les quita a los hombres el aliento de vida, todos ellos mueren por igual y otra vez vuelven al polvo” (Job 34:14-15; cfr., Sal 104:29-30). Dios sopla en el hombre el espíritu vital (el “aliento de vida”) y es así que éste viene a convertirse en un ser viviente. Pues bien, a veces este hombre neumático se queda sin ese aliento, sin ese ánimo. Sencillamente no puede seguir adelante.

Ese es el panorama que nos presenta la “visión” del profeta Ezequiel. Ezequiel era un sacerdote que es llamado por Dios para ser su portavoz (Ez 1:3). Cuando Dios lo llama se encuentra en Babilonia (tierra de los caldeos), vive en Tel-Aviv junto al río Quebar (Ez 3:15). Por eso el salmista expresaba con dolor lo siguiente: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión” (Sal 137:1). En el año 597 a.C. el pueblo de Judá había sido avasallado por el imperio Neobabilónico. Los caldeos, al frente de Nabucodonosor, habían conquistado Jerusalén (2 R 24:10-11, 13-14). Finalmente, para el 586 a.C., Nabuzaradán, comandante del ejército caldeo, destruyó completamente la ciudad santa y el templo bendito (2 R 25:8-10).

El pueblo de Israel había sido humillado totalmente, en esas circunstancias por demás adversas y frente al desarraigado de sus ancestrales raíces, el pueblo de Dios no puede seguir adelante. El pueblo de Dios se siente abandonado y abatido. No era para menos. Todo estaba perdido. Lágrimas recorren las mejillas de ese pueblo humillado. Lamentos salen de las gargantas dolientes de ese pueblo mancillado. Y surge la inevitable y terrible pregunta ¿por qué? ¿por qué nosotros? ¿por qué yo? El exilio se ha presentado en toda su crudeza, porque se encuentran lejos de la tierra prometida, la ciudad santa está hecha cenizas y el templo no existe más. “Sin embargo, el exilio fue una época para probar ideas respecto a Dios –¿estaba limitado a Palestina? ¿Era impotente frente a los dioses babilónicos? ¿Podía adorársele en tierra extranjera?- y la fe”.[1] ¡La adversidad fortalece la fe!

En medio de este tremendo desaliento y desánimo completo, viene la palabra de Dios a animar, alentar y reconfontar. Ezequiel 37:1-14, es quizá la más celebre visión del profeta del exilio, Ezequiel es el profeta del Espíritu. Esa palabra contenida ahí, es la respuesta de Dios al desaliento y desánimo del pueblo de Israel que se pregunta cómo podrá vivir frente a tal situación (Ez 33:10). ¿Cómo pues viviremos? –dicen-. Fuera de la tierra prometida, los exiliados se sienten como huesos secos (v. 11). Se sienten solos, en la orfandad, el olvido y el desamparo. ¿Qué circunstancias actuales nos hacen sentir destruidos?

Entonces aparece una mano, la mano de Dios, la mano de Yahvé que se lleva al profeta y lo establece en un valle de huesos secos en gran manera. Aquello no es un cementerio como podríamos llegar a imaginar, sino un campo de batalla, donde yacen inertes miles de huesos resecos por el sol, son los cadáveres de quienes han perecido en un combate (v. 2). ¡Era un ejército grande en extremo! (v. 10). Lo que más impresiona en este texto es la “presencia masiva” de la palabra ruah. Esa palabra hebrea puede significar simplemente viento, aliento de vida o también espíritu. En este texto (y contexto) la Palabra de Dios se muestra eficaz para reanimar y levantar a esos huesos. Por eso, Dios ordena al profeta que hable en nombre de Él a los huesos, para que éstos escuchen. “5El Señor les dice: Voy a hacer entrar en ustedes aliento de vida, para que revivan. 6Les pondré tendones, los rellenaré de carne, los cubriré de piel y les daré aliento de vida para que revivan. Entonces reconocerán ustedes que yo soy el Señor’”.

¿Dónde podemos reconocer hoy al Señor? “Y sabréis que yo soy Jehová”. ¿En medio de la precariedad de nuestras vidas humanas, podemos reconocer que la buena mano de Dios está con nosotros para sostenernos, reanimarnos e impulsarnos? Entonces el profeta profetiza a esos huesos secos. Eso es inaudito, pero Dios así lo ha dispuesto. La Palabra de Dios moviliza y sacude aquellos huesos inertes y sin vida, ¡empiezan a moverse! (vv. 7-8). Aunque se empiezan a juntar, a unir, ¡no hay aún espíritu en ellos! ¡No tienen aliento de vida todavía!

Pero entonces, la fuerza vivificante del espíritu de Dios se hace también presente para impartir vida:

Pero no tenían aliento de vida.9Entonces el Señor me dijo: “Habla en mi nombre al aliento de vida, y dile: ‘Así dice el Señor: Aliento de vida, ven de los cuatro puntos cardinales y da vida a estos cuerpos muertos.’” 10Yo hablé en nombre del Señor, como él me lo ordenó, y el aliento de vida vino y entró en ellos, y ellos revivieron y se pusieron de pie. Eran tantos que formaban un ejército inmenso. (Dios Habla Hoy)

¿Quiénes son esos huesos? Son la casa de Israel (v. 11). Dios mismo pone su espíritu sobre su pueblo abatido para reconfortarlo y llenarlo de la vitalidad para seguir adelante. Dios puede encontrarse también en el exilio, él está presente allí, en medio de la destrucción y la muerte. El Señor llevaría nuevamente a su pueblo de regreso a su tierra, más aún, el Señor Dios afirma: “pondré mi espíritu en vosotros y viviréis” (v. 14). El Espíritu imparte vida, revive, alienta, ánima, reconforta, fortaleza y pone de pie. “Jehová-sama” así termina el libro de Ezequiel y eso significa: Jehová está aquí a través de su Espíritu. ¿Puedes sentirlo?

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas, 30-03-08.


[1] Sanford Lasor, W., Panorama del Antiguo Testamento. Mensaje, forma y trasfondo del Antiguo Testamento, 1ª reim., Libros Desafío, Grand Rapids, 1999, p. 453.

domingo, 23 de marzo de 2008

APOSTOLA APOSTOLORUM


La apóstol de los apóstoles
Juan 20:1-18

¡Jesús resucitó! Ha vencido con poder las ligaduras de la muerte. El padecimiento ha terminado. Ahora comienza la exaltación. El Credo dice: “…padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso…”. Jesús se ha levantado incólume del sepulcro. ¡Jesús subió del sepulcro, la muerte no pudo retenerlo! “¡Qué venida! ¡Desde el ámbito del señorío de la muerte que a todos los seres humanos sojuzga…, desde la tumba!”.[1] ¡Jesús ha regresado, está de nuevo entre los vivos!

En el relato de la resurrección de este día, María de Magdala[2] es la protagonista. Ahí está ella sola, sin ningún hombre a su lado, se ha encaminado al sepulcro “siendo aún oscuro”, de madrugada (v. 1). María había estado a los pies de la cruz (Jn 19:25; et. al.) y ahora la encontramos a la entrada del sepulcro. ¡Por supuesto Jesús ya no está ahí! María se ha dado cuenta que la piedra que cubría el sepulcro ya no se encuentra en su lugar y piensa –aunque no ha entrado al mismo- que se han llevado el cuerpo de Jesús. Corre entonces al encuentro de dos de los discípulos del Señor para decirles: “—Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20:2). Y aquello se convierte en una corredera… María corre… Pedro y el discípulo amado también corren… uno corre más aprisa… bueno ¿cuántos de nosotros corrimos esta mañana para llegar aquí primero?

El discípulo amado llega primero al sepulcro pero no entra, Pedro llega en segundo lugar pero entra primero al sepulcro y “ve”. El discípulo amado que había llegado primero al sepulcro entra en segundo lugar y también “ve”, pero además de ver, también “creyó”. El texto nos ha transportado de la muerte a la vida y del ver al creer,[3] del primero al segundo, del segundo al primero, de la mujer a los varones. Pedro y el discípulo amado son los primeros testigos del sepulcro vacío, pero María Magdalena como veremos a continuación, es la primera discípula en ver al Señor Resucitado. Los discípulos se “vuelven” a los suyos… pero María permanece fiel junto al sepulcro.

Para los creyentes del primer siglo, la participación de la mujer dentro de la iglesia fue muy importante. De ahí, que los evangelios no dejen de mencionar y reconocer la labor de ellas en torno al ministerio de Jesús, su crucifixión y finalmente su resurrección (Mt 28:1ss; Mc 16:1ss; Lc 23:55-24:3ss). Todos los Evangelios concuerdan en que las mujeres, discípulas de Jesús, acudieron puntualmente el día domingo al sepulcro. En este domingo de resurrección, estamos aquí, celebrando el triunfo final y definitivo de Jesucristo sobre los poderes de la muerte. Pero también nos encontramos recordando que fue un pequeño número de mujeres quienes se aventuraron, siendo muy de mañana al sepulcro del Señor para ungirlo con especias aromáticas. Cierto es que no iban porque pensaran que Jesucristo resucitaría como había dicho, sino que iban a cumplir con el rito de ungir el cadáver. Las mujeres no van con esperanzas sino en desesperanza, hasta desesperadas.

Y así, después del aviso a los discípulos y cuando ellos regresan con los suyos tan pronto como terminan de cerciorarse que el cuerpo del Señor ya no está en su lugar, María Magdalena permanece fuera del sepulcro llorando. Es entonces, cuando ella finalmente se inclina al interior del sepulcro para “mirar”, y “ve” dos ángeles. Los ángeles interrogan la causa de su llanto, y ella insiste en la idea de que se han llevado a su Señor.

Entonces María se vuelve, le da la espalda al sepulcro y súbitamente se topa con Jesús, lo “ve” pero no lo reconoce, no sabía que era Jesús. Jesús al igual que los ángeles la interrogan sobre la causa de su llanto y añade ¿a quién buscas? Pero ella insiste con la idea de que alguien se ha llevado a Jesús, todavía no ha entendido que era necesario que Jesús resucitara de entre los muertos conforme a las Escrituras. Viene a continuación algo inusitado e inaudito: Jesús se revela por fin como el Mesías Resucitado a María Magdalena, precisamente una mujer que no creía todavía en la resurrección de Jesús. Jesús la llama por su nombre y le comisiona el anuncio de su resurrección. “Cuando Jesús la llama por su nombre es cuando se opera en ella un cambio: el verbo se traduce ‘se volvió hacia atrás’ o ‘vuelta completamente’ (v.16). El otro discípulo había ‘visto’ antes de ‘creer’, María ‘escucha’ y esta voz le abre al reconocimiento del Resucitado”.[4]
¡Jesús sigue llamándonos por nuestro nombre y continúa comisionándonos!

María de Magdala se convierte así en la apóstol de los apóstoles. ¿Cómo es que María Magdalena ha llegado a convertirse en una auténtica apóstol? Veamos cómo llegó a esa importante posición. En el evangelio de Juan es María Magdalena y no Pedro, la que primero ve al Señor resucitado. Ahora bien, según el Apóstol Pablo,[5] dos eran las credenciales que deberían reunir aquellos que eran considerados apóstoles del Señor. 1) Haber visto a Jesús el Señor resucitado; y, haber sido enviado por Jesús para proclamarle (1 Co 9:1-2; 15:8-11; Gal 1:11-16).[6] Entonces, “el apóstol tiene que ser testigo de Jesús [resucitado], tiene que haber conocido a Jesús y recibido de él un mandato”.[7] Maria Magdalena, según el relato juánico cumple a cabalidad con tales requisitos para ser una apóstol:

En Jn 20:2-10, -como ya vimos- Simón Pedro y el discípulo amado acuden al sepulcro vacío y no ven a Jesús (asimismo Lc 24:12-24); de hecho, únicamente el discípulo amado percibe el significado de las ropas del sepulcro y llega a creer. Es a una mujer, a María Magdalena, a quien Jesús se aparece primero, instruyéndola para que vaya e instruya a sus ‘hermanos’ (los discípulos: 20:17 y 18) acerca de su ascensión al Padre. […] en Juan (y en Mateo), María Magdalena es enviada por el mismo Señor resucitado, y lo que ella proclama es el anuncio apostólico de la resurrección: ‘he visto al Señor’.[8]

A María ningún ser humano corriente la eleva a la categoría de apóstola sino el mismísimo Señor Resucitado: Jesús. La convierte en evangelista de la resurrección. Es enviada a anunciarles la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles mismos. María de Magdala es además, parte del rebaño de ovejas que reconocen la voz de su pastor, cuando éste las llama por su nombre (Jn 10:3-5; cfr., 20:16). A la luz de todo lo anterior podemos ver que las mujeres nos son por nada, creyentes de segunda categoría y que Jesús las eleva al mismo nivel que los hombres. “Maria Magdalena, [es] la “Apóstola de los apóstoles”, la primera cristiana, quien primero presenció y predicó la Resurrección, la primera profesora de los apóstoles, una de las primeras discípulas; en resumidas cuentas: la discípula amada”.[9] Amén.

Pbro. Emmanuel Flores Rojas,
San Pablo,
Domingo de Resurrección, 23/03/08.


Bibliografía mínima:
[1] Barth, K., Instantes, Sal Terrae, Santander, 2005, p. 41.
[2] Magdalena: Se deriva de Magdala, población situada sobre la orilla occidental del mar de Galilea, al norte de la ciudad de Tiberíades, o de expresión del Talmud que significa "rizar pelo de mujer", en referencia a las adúlteras.
[3] Cfr., Moitel, P., Grandes relatos del evangelio. Construcción y lectura, CB 98, Verbo Divino, Navarra, 1999, p. 10.
[4] Ibid., p. 11.
[5] El mismísimo apóstol Pablo había tenido que hacer una defensa apasionada de su “título” de Apóstol. Aunque Pablo no fue discípulo directo de Jesús sí pudo ser apóstol, porque “para Pablo, la revelación de Jesús resucitado tiene el mismo valor, a la hora de dar testimonio, que el hecho de haber vivido con Jesús en Galilea” (Comblin, J., Pablo: Trabajo y Misión, Sal Terrae, Santander, 1994, p. 98). María Magdalena sin embargo, sí fue discípula directa de Jesús y después también una apóstola.
[6] Brown, R. E., La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, 4ª ed., Sígueme, Salamanca, 1996, p. 184.
[7] Comblin, J., op. cit., p. 103. El subrayado es mío.
[8] Brown, R. E., op. cit., pp. 184-185.
[9] Pérez Álvarez, E., Marcos, Augsburg Fortress, Minneapolis, 2007, p. 148.

jueves, 20 de marzo de 2008

MEMORIA Y ESPERANZA: DE LA ÚLTIMA CENA AL GRAN BANQUETE DEL REINO





Lucas 22:7-23

Introducción:

El día jueves de Semana Mayor es el día en que Jesucristo celebró la Cena de Pascua con sus discípulos y en aquella memorable ocasión estableció lo que los cristianos hemos llamado la “Cena del Señor”. La Última Cena, representó la íntima comunión que existía entre Jesucristo y sus discípulos. La cena en el antiguo Cercano Oriente señalaba la relación tan estrecha que se establecía entre los participantes de esa comida. De ahí que Apocalipsis 3:20 establezca que la cena es ante todo, una relación comunitaria entre los comensales, Jesús dice ahí: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”.


Desarrollo:

Cuando nos acercamos a la Mesa del Señor y compartimos la Santa Cena, participamos del cuerpo y la sangre de Jesucristo, por eso el Señor dice: “entraré a él y cenare con él y él conmigo”. ¡Tenemos un encuentro en tres tiempos! En el evangelio de Juan, Jesús afirma: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él” (Jn 6:56). Así que al participar de la Cena del Señor participamos de su presencia íntima y personal entre nosotros. Jesucristo se presencializa de forma viva, real y verdadera, en el sacramento de la Santa Cena. Entablamos así, una comunión con el Señor Jesucristo: “permaneced en mí y yo en vosotros”, dice Jesús (Jn 15:4).

Por eso vale la pena echar un vistazo al relato de la Institución de la Santa Cena que nos proporciona el evangelio de Lucas para sacar algunas enseñanzas esta noche. En primer lugar, Lucas nos muestra el talante psicológico que Jesús tenía aquella noche del jueves, -justo antes de ser traicionado y entregado- el evangelio dice que cuando llegó la “hora”, Jesús se sentó a la mesa con los suyos, con sus discípulos, con sus apóstoles. Lucas no deja de trasmitirnos las palabras iniciales de la alocución de Jesús aquella memorable noche: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua…! (Lc 22:15).

El deseo vehemente de Jesús por unirse a los suyos en la Cena Santa, nos enseña que Jesucristo se vincula a nosotros y con nosotras al sentarnos con Él a la Mesa; pero también permite que entre nosotros tengamos comunión unos con otros, porque no participamos individualmente de la Comunión sino juntos, en comunidad, [de forma colectiva]. La Santa Cena tiene por tanto un carácter festivo, es un banquete, y una fiesta no se disfruta en soledad. ¡Estamos invitados a la Mesa del Señor! Él nos sustenta “en la Cena… [porque] Cristo Jesús, se une a nosotros de tal manera que él llega a ser verdadero alimento y nutrición para nuestras almas” (La Confesión Escocesa, capítulo XXI)[1]



Jesús había celebrado antes otras Cenas Pascuales, desde su infancia y adolescencia había participado en ellas. En la Cena Pascual se celebraba como todos sabemos, el gran acontecimiento fundador del pueblo de Israel en el AT. La celebración central de la Cena de Pascua era el Éxodo, el cual marcaba la salida de la esclavitud en Egipto. Era pues, una cena que rememoraba y conmemoraba los grandes hitos liberadores de Yahvé a favor de su pueblo. Era un “memorial” por la liberación de la esclavitud y la dura servidumbre. Aquella noche cuando los hebreos salieron de la esclavitud en Egipto, sacrificaron un cordero pascual y lo comieron junto con panes ázimos o sin levadura (Ex 13:2, 8-9). Pero la noche del día jueves en que el Señor establece la Santa Cena, Jesús se convertía en el nuevo cordero pascual que sería sacrificado para salvación de muchos.

Aunque Jesús había celebrado antes otras cenas pascuales en compañía de sus discípulos, esta cena entrañaba algo especialísimo, era la última de ellas. De ahí que Jesús se siente impulsado a expresar la vehemencia y la expectación con la que había esperado celebrarla en compañía de sus amados amigos, por eso dice: “cuánto he deseado”. Jesús siente algo especial al sentarse a la mesa con los suyos, cuánto he querido, cuánto he anhelado, cuánto he esperado... Sucede que Jesús se encuentra ante la inminencia de la muerte, de su muerte pascual como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29). Las palabras de esa noche son las de un moribundo.

En segundo lugar, quiero resaltar que después de expresar ese intenso deseo, Jesús añade: “antes que padezca”. Jesús sabe que va a padecer por nosotros los pecadores. El Credo de los apóstoles ya nos lo recuerda cuando dice: “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”. También el Catecismo de Heidelberg cuestiona sobre el significado del padecimiento de Jesús el Cristo: “¿Qué entiendes por la palabra sufrió/padeció? –dice la pregunta 37- Que a través de toda su vida, pero especialmente al final de la misma, soportó en cuerpo y alma la ira de Dios contra el pecado de toda la raza humana…”. Jesús soporto el padecimiento por causa nuestra. “La vida entera de Jesús queda incluida en esta palabra, ‘padeció’. […] La vida entera de Jesús se desarrolla en esta soledad y, por tanto, a la sombra de la cruz. […] Él padeció; él, que es verdadero Dios y verdadero hombre”.[2] El apóstol Pablo al recordar la Institución de la Santa Cena, también trae a la memoria el padecimiento final de Jesús, “porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado…” (1 Co 11:23).

La noche que fue entregado, fue una noche oscura como esta. Una noche como la de la primera pascua hebrea. Una noche tormentosa y tortuosa. Al participar en la Santa Cena no olvidemos que estamos participando del padecimiento y los sufrimientos de Jesucristo el Hijo de Dios, no como quienes lo padecen en carne propia sino a favor de quienes padeció Cristo. Jesús, el verdadero Dios y el verdadero hombre padeció por nosotros, por ti y por mí. De ahí que “se requiere la fe para ver lo que es el sufrimiento. Aquí si que se padeció. Todo lo demás que conocemos como sufrimiento lo es en un sentido impropio, comparado con lo que aquí sucedió”.[3] Dios humanado en Jesucristo sufrió. Jesús padeció persecución, padeció dolor, padeció hambre, padeció frío, padeció traición, padeció desengaño, padeció sed, padeció cansancio, padeció temor, padeció desde Belén hasta la Cruz… todo esto y más, padeció Jesús.

Todos estos padecimientos de Jesucristo deben estar en nuestra memoria, ya que el mismo Jesucristo –lo mismo que la Pascua en el AT- nos invita a celebrarla en su memoria (Lc 22:19; 1 Co 11:24-25). La memoria nos ubica en el pasado, en lo que Dios “ya” ha hecho a favor nuestro, “pero” también nos traslada al futuro, al “todavía no”. Dios quiere que recordemos todo lo que ha hecho a favor nuestro para que entonces participemos de la Santa Cena en agradecimiento por lo que Él ha hecho ya en Jesucristo; pero también debemos participar en esperanza, por lo que “todavía” hará por nosotros. Participamos de una cena en tres tiempos. La Santa Cena nos traslada al pasado en el que Jesús padeció, nos invita en el presente a tener memoria de sus padecimientos, y finalmente, nos recuerda que hay un acontecimiento proyectado en el futuro, el cual esperamos con esperanza: la venida definitiva del Reino de Dios.

En el presente ya participamos de la Santa Cena recordando lo que Jesús hizo una vez y para siempre por nosotros, pero también anunciamos al mundo que no le conoce, que él todavía tiene que venir (1 Co 11:26; Lc 22:16,18; Mt 26:29; Mc 14:25). La Santa Cena es un adelanto del gran banquete del Reino que disfrutaremos todos los creyentes en Jesucristo. Y en aquel día definitivo, todos los invitados a la Cena de las bodas del Cordero, habremos de participar del gran banquete del Reino, cuando la salvación final venga a nuestras vidas. Pero para participar de ese banquete esperanzador en el futuro, se requiere de una decisión en el presente. No todos están invitados a tal acontecimiento, sino aquellos que tomen la decisión adecuada “aquí y ahora” para participar del gran banquete del Reino “allí y entonces”.

Jesús te dice HOY, “yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”. ¿Le abrirás la puerta? ¿Lo dejarás entrar a tu vida? ¿Quieres cenar con él?


Rev. Emmanuel Flores-Rojas, Jueves Santo, 20/03/08.



[1] Flores-Rojas, E., Sobre el sacramento de la Santa Cena, en línea: http://dicenquepredico.blogspot.com/2008/02/sobre-el-sacramento-de-la-santa-cena.html

[2] Barth, K., Esbozo de Dogmática, Sal Terrae, Santander, 2000, pp. 120, 121, 122.

[3] Ídem.

lunes, 17 de marzo de 2008

¿QUIÉN ES ÉSTE? ÉSTE ES JESÚS, EL PROFETA…


Zacarías 9: 9; Mateo 21:1-11

Introducción:
Esta semana se dieron a conocer las controvertidas declaraciones que el reverendo Jeremiah Wright, pastor de la iglesia a la que asiste el candidato demócrata de los EEUU, Barak Obama; proclamó en varios de sus sermones. Con voz profética dijo que el “terrorismo estadounidense” provocó los atentados del 11 de septiembre de 2001, además también añadió que los negros deberían cantar “Dios condene a Estados Unidos”.



"Bombardeamos Hiroshima, -dijo- Nagasaki y bombardeamos con armas nucleares a muchas más personas que los miles (que murieron) en Nueva York y el Pentágono y nunca nos hemos ni inmutado", aseguró Wright el domingo tras los atentados del 11-S.
"Hemos respaldado el terrorismo de estado contra los palestinos y los negros de Sudáfrica y ahora somos los indignados porque lo que hemos hecho se vuelve contra nosotros aquí", añadió el pastor.[1]

Desarrollo:
Los evangelios refieren las varias ocasiones cuando Jesús preguntó a sus discípulos acerca de quién decía la gente que él era. El evangelio de Mateo (16:13-15; el. at.) dice: “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Como podemos notar por el texto anterior, la gente reconoce en la figura de Jesús, no a un simple rabí o maestro de la Ley, sino a un auténtico Profeta. Jesús es comparado o identificado con grandes profetas del Antiguo Testamento, entre los que se encuentran Elías y Jeremías.[2] Esto es muy importante, porque como veremos a continuación, Jesús retoma especialmente el mensaje profético de Jeremías en contra del Templo como institución religiosa, y de la ciudad de Jerusalén como asiento de ese y otros poderes.


Cuando Jesús entra en Jerusalén aclamado como Rey y Mesías por las multitudes de peregrinos que se habían congregado en la Ciudad Santa en vísperas de la gran celebración de la Pascua judía, las preguntas en torno a quién es Jesús también se hacen presentes. El evangelio de Juan (12:12, Dios Habla Hoy), dice que “mucha gente había ido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua” y como supieron que al día siguiente “Jesús iba a llegar a la ciudad”, decidieron prepararse para recibirlo con ramas de palmeras y mantos en señal de bienvenida. Así, la ciudad de Jerusalén se convierte en un lugar protagónico al final del ministerio de Jesús.


Según Lucas (19:37-38, 41-44), cuando Jesús se encuentra ya casi a la entrada de Jerusalén, a un km aproximadamente, llora por ella y le lanza una fuerte filípica:
37Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, 38diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! […] 41Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, 42diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. 43Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, 44y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. (RVR-95)
Tanto en griego como en hebreo, el término visitar se usa para designar la intervención de Dios en la historia humana en un doble sentido: tanto para salvar (Lc 1:68) como para castigar (Ex 20:5, 32:34; Sal 59:5; Is 10:12). De tal modo que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén cumple con esa doble dinámica; la llegada final del profeta nazareno se convierte en una "visita" a la Ciudad Santa, tanto para salvar como para castigar, tanto para proclamar como para denunciar. En el AT el autor del libro de Lamentaciones –que algunos atribuyen a Jeremías- (2:14) se quejaba por el modo como actuaron los profetas de ese entonces, al no cumplir con su ministerio profético de anuncio y de denuncia, sino que "predicaron vanas profecías y extravíos” (RV-1909): “Tus profetas vieron para ti vanidad y locura, y no descubrieron tu pecado para impedir tu cautiverio, sino que te predicaron vanas profecías y seducciones” (RVR-95).


Entonces, la auténtica predicación profética denunciaba el pecado del pueblo, para que éste se arrepintiera y actuara en consecuencia. Antaño, los profetas debieron impedir la destrucción de Jerusalén y el cautiverio de Judá. En su sentido bíblico, el profeta no es aquel que “predice” el futuro sino el que predica con sinceridad la Palabra de Dios en el tiempo presente, no importa si tiene que denunciar el pecado del pueblo de Dios. Jesús se da cuenta de que la ciudad de Jerusalén no quiso reconocer que Dios lo había enviado a Él para salvarlos, y por tanto sería destruida. ¡Jesús anuncia pero también denuncia, cumpliendo así, su ministerio profético!


Jesús sabe de antemano que la ciudad de Jerusalén es dura y no lo reconocerá como Rey y Mesías, pero tampoco como Profeta. El recibimiento que le hacen las multitudes el día domingo con fervor y gozo, pronto se convertirá el día viernes en acusación y recriminación. A pesar de eso, y aunque Jesús lo sabe desde un principio, asume con valor y compromiso el camino señalado por el Padre: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51). Jesús no teme acudir a la cita marcada en el reloj divino, al contrario, “afirma su rostro”, es decir que mira de frente, levanta su cabeza y se dirige hacía el encuentro final y definitivo con los poderes de la muerte.


¿Por qué Jerusalén? El relato bíblico que narra Mateo no deja de trasmitirnos las fuertes connotaciones políticas que se respiraban en el ambiente jerosolimitano. La capital se alborotó porque Jesús ingresó con un sesgo claramente político ¡y teológico! ¡A Jesús lo aclaman como Mesías! El título “hijo de David” es político, hace referencia a la monarquía davídica. Entonces, lo que Jesús el galileo hace, al ingresar de esa forma en Jerusalén, es una “parábola dramatizada” que recuerda las acciones simbólicas a las cuales recurrían los profetas del AT para ejemplificar el contenido del mensaje divino (Cfr., Is 8:1-4; Jer 13:1-11; Ez 4:1-5:4, etc.). Es decir, Jesús a través de lo que hace aquel domingo predica de una forma sui generis, ya que sus actos son una “predicación dramatizada”, donde él es el principal protagonista. Jerusalén se convierte en el teatro donde Jesús predica actuando. Jesús asume un rol, un papel profético. Con ello, Jesús se coloca en la línea y proclamación de los profetas del AT, especialmente de Jeremías. Jesús se sabe profeta y actúa como tal.


Una de las principales condenas de los profetas del AT era contra la ciudad de Jerusalén y contra el Templo ahí establecido, porque generaban una falsa espiritualidad, un falso compromiso con Dios (Jr 7:3-4, 8-11). En la visión de Jesús, la Ciudad Santa y el Templo se habían convertido en una simple institución religiosa que separaba al pueblo de su Dios (Mt 21:12-13). Más aún, seguía siendo la ciudad injusta, sanguinaria y rebelde de antaño (Mt 23:37; Lc 13:34; cfr., Is 1:21ss, et. al.). Jesús se atrevió a ser profeta, y por eso murió como profeta en Jerusalén.


Al notar el alborozo que ha ocasionado en la ciudad, la gente que no conoce todavía a Jesús, es decir, los peregrinos que habían llegado a Judá, se preguntan con inquietud: ¿Quién es éste? Ésta es una pregunta retórica en su origen y despectiva en su respuesta: Éste es Jesús, el profeta, el de Nazaret de Galilea. Los que formulan tal pregunta no buscan reconocer ni quieren conocer a ese personaje marginal, sino que desean descalificar el origen del recién llegado. ¡Un marginado social ha entrado en la capital económico-político-religiosa como el Rey/Mesías! El relato paralelo de Lucas toma nota de la invectiva que uno de los fariseos le lanza a Jesús para que calle a sus discípulos (Lc 19:39-40). Según el evangelio de Juan, Natanael también llegó a cuestionarse: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1:47). Tales son las preguntas en torno a Jesús, ¿cuál será nuestra respuesta hoy? ¿Quién es Jesús para ti?


Rev. Emmanuel Flores-Rojas
INP “SAN PABLO”
Domingo de Ramos, 2008.



[1]http://www.lavanguardia.es/premium/publica/publica?COMPID=53445424020&ID_PAGINA=22088&ID_FORMATO=9&turbourl=false
[2] Incluso el rey Herodes, llegó a pensar que en Jesús, Juan el Bautista en tanto profeta, había resucitado. Cfr., Mc 6:14-15.