sábado, 6 de diciembre de 2008

"OISTÉIS QUE FUE DICHO"

Mateo 5:38-48
Introducción:
Estamos celebrando el Segundo Domingo de Adviento con énfasis en la Paz, el tema general de esta celebración de Adviento es LA PAZ: IMAGÍNALA. Este segundo domingo de adviento, es una invitación a vislumbrar la paz, todo el culto ha estado centrado en este importante tópico. Nuestro mundo está sumido en el odio y el caos, una mirada a nuestro amado México, nos muestra cómo el narcotráfico y la delincuencia se han recrudecido. La venganza también es institucional, la violencia proviene del propio Estado que viola el derecho a la vida, al apostar por la pena de muerte. ¿Qué podemos hacer como Iglesia? ¿Únicamente debemos orar? Veamos qué nos dice la Biblia.

Desarrollo:
El Evangelio leído hoy nos invita a reflexionar en torno a la Paz. Cuando vemos el ministerio profético de Jesús el Cristo, nos damos cuenta que el tema de la paz ocupa un lugar fundamental en su mensaje de amor y de gracia. La porción bíblica de Mt 5:38-49, tiene como marco mayúsculo El Sermón del Monte o de la Montaña como prefieren llamarlo algunos (capítulos 5-7). En una de las Bienaventuranzas, Jesús dice: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mt 5:9). Como hijos e hijas de Dios debemos trabajar por la paz, siguiendo el ejemplo del Príncipe de la Paz, el Señor Jesucristo.
Si hemos de trabajar por la paz, eso significa empezar por usar un lenguaje no-violento. La semana pasada, critiqué abiertamente el uso del lenguaje belicoso que muchas veces usamos en la iglesia. Hablamos, por ejemplo, de la ‘guerra espiritual’, ‘bajo fuego enemigo’, etc. Como todos sabemos, el origen de las contiendas, las envidias, y el conflicto entre los seres humanos está en el pecado. Así tenemos que Lamec, descendiente de Caín, lleva a cabo una venganza descomunal y desproporcionada, según lo narrado en Génesis: “23Un día, Lámec les dijo a sus esposas Adá y Silá: “Escuchen bien lo que les digo: he matado a un hombre por herirme, a un muchacho por golpearme. 24Si a Caín lo vengarán siete veces, a mí tendrán que vengarme setenta y siete veces” (Gn 4:23-24).

Frente a quien nos ha ofendido o hecho daño, el mundo y nuestra naturaleza pecaminosa pide y reclama venganza, pero la venganza no hace sino agravar las cosas. La venganza no soluciona nada. De ahí que el llamado de Jesús sea a buscar el amor y el perdón. Jesús se coloca como maestro de la palabra que reinterpreta las viejas enseñanzas de Moisés y las ilumina bajo la luz del Evangelio, de la buena noticia de parte de Dios.

Jesús introduce su nueva enseñanza, oponiéndola a la vieja tradición, diciendo: “Oísteis que fue dicho”, pero ante ello, propone la nueva palabra: “Pero yo os digo”. En esta sección, todas las enseñanzas de Jesús son contrarias a la vieja manera de relacionarse y de responder a una agresión. Bajo Jesucristo, las cosas cambian radicalmente, Jesús convierte su enseñanza en una antítesis de la antigua manera de proceder. Jesús nos llama a actuar en un sentido contrario al que actúa el resto de la gente, quizá hasta en contra de lo que dicta la lógica humana. Su llamada es pertinente frente a tantos deseos de venganza: 38“Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente.’ 39Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal…”

Jesús no pone límites a la venganza como establecía la ley del talión, de hecho, la elimina por completo. ¡Eso es inaudito! Ningún otro maestro antes de él, había propuesto cosas como esa. Bajo la nueva perspectiva del Evangelio, Jesús anuncia la exigencia ilimitada del amor incondicional hacia el prójimo. Una de las características propias de los discípulos de Jesús, es el perdón incondicional. Ahí, en la no-venganza, manifestamos nuestro seguimiento a Jesús de una forma fehaciente.

Pero Jesús no sólo nos llama a la inacción, al no-ejercicio de la violencia y la venganza, sino sobre todo, nos invita al ejercicio del amor. Sí, el amor hacia el enemigo incluso: 43“También han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.’ 44Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen –dice Jesús- (Mt 5:43-44). “No sólo se trata de una no violencia pasiva: –‘no opongan resistencia al que les hace el mal’ (39)-, sino activa: ‘Pero yo les digo: amen a sus enemigos…’” (Notas de La Biblia de nuestro pueblo). Jesús opone a la ley del talión, la ley evangélica del amor sin condiciones, tal y como es el amor del Padre: “Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (v. 45).

Conclusión:
Sólo empapándonos del amor de Dios evitaremos la violencia y la venganza y podremos amar incluso a nuestros enemigos, estableciendo así, la paz de Dios.

Se cuenta una historia acerca de un viajero que recorría las selvas de Burma con un guía. Llegaron a un río ancho y poco profundo, y lo vadearon hasta el otro lado. Cuando el viajero salió del río, muchas sanguijuelas se le habían prendido del torso y las piernas. Su primer instinto fue agarrarlas y quitárselas, pero el guía lo detuvo, advirtiéndole que si se arrancaba las sanguijuelas, éstas dejarían pedazos finísimos bajo la piel que luego le producirían infecciones.
La mejor manera de quitarse las sanguijuelas del cuerpo, aconsejó el guía, era bañarse en un bálsamo tibio por algunos minutos. El bálsamo penetraría en las sanguijuelas y éstas se soltarían del cuerpo del hombre.
Cuando una persona nos ha herido en gran manera, no podemos arrancarnos la ofensa, esperando que se vaya toda amargura, rencor y sentimiento[s negativos]. El resentimiento aún se esconde bajo la superficie, la única manera de llegar a ser verdaderamente libre de la ofensa, y perdonar a otros, es empaparse uno en el baño tranquilizador del perdón que Dios ofrece. Cuando uno por fin comprende la amplitud del amor de Dios en Jesucristo, el perdón a otros fluye de forma natural.[1] ¡Descansa en el Señor! Shalom. Amén.

Rev. Emmanuel Flores-Rojas; INP “San Pablo”, 07/12/07.

[1] Ilustraciones perfectas¸Unilit, Miami, 2004, p. 238.

sábado, 27 de septiembre de 2008

INTEGRIDAD


Dios y la integridad:

LA INTEGRIDAD ES UNA DE LAS PERFECCIONES DE DIOS. El Dios de la Biblia es un Dios integro y de integridad. Jesús enseñó a sus discípulos que el primer y más grande mandamiento era: Amar a Dios con todo nuestro ser (Mc 12:29-30). La Biblia dice:

[29] Jesús le contestó: -El primero y más importante de los mandamientos es el que dice así: “¡Escucha, pueblo de Israel! Nuestro único Dios es el Dios de Israel. [30] Ama a Dios con todo lo que piensas, con todo lo que eres y con todo lo que vales”.

Jesús está citando el texto de Deuteronomio 6:4-5: “[4] Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. [5] Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Una trasliteración del versículo 4 en hebreo, diría así: Shema‘ yisra’el yehvah ’elohenu yehvah ’ehad. Ésta última palabra (’ehad),[1] en hebreo quiere decir uno/único; con lo que otra posible traducción del mismo versículo 4 sería: “Escucha, [pueblo de] Israel: el SEÑOR nuestro Dios, es el uno/único SEÑOR”.
¿Qué tiene todo esto que ver con la integridad? Tiene mucho que ver, porque “la palabra hebrea ejad puede traducirse de dos maneras: ‘uno’ y ‘único’. (…) [Entonces], el Dios al que Israel está llamado a tener como único Señor es un Dios que no manifiesta divisiones en su propio ser, es uno. Es decir, en Yavé, Israel tiene el ejemplo de lealtad indivisible. Yavé puede exigir lealtad absoluta a su pueblo porque él no tiene el ‘corazón dividido’”.[2] ¡El Dios de la Biblia es íntegro! No tiene fisuras, es absolutamente sincero. Nuestro Dios no tiene la más mínima división, no tiene el corazón partido.

En una palabra, nuestro Dios no está dividido ni fracturado, no tiene fisuras: es Uno; pero también es singular (único) no plural. El versículo 4 nos habla de Dios en toda su singularidad y unicidad. Así, el amor que Él nos prodiga el de la misma naturaleza que Él. Su amor por nosotros es uno y único. De ahí que la base de nuestro amor y obediencia hacía él, deba ser total y sin divisiones ni fracturas. Debemos amar a Dios con integridad porque él es íntegro. El Dios que se nos revela en las Escrituras no admite un lugar secundario en nuestras vidas, no admite que lo amemos con una parte de nuestro ser. Él quiere la totalidad de nuestras vidas porque Él mismo se ofrece como totalidad y no en fracciones o divisiones.

La enseñanza de Deuteronomio6:4-5, excluye de entrada, “toda posibilidad de lealtades divididas y de espacios ‘vacíos’ en una vida que le pertenece totalmente a Yavé”.[3] Por eso la integridad cristiana, tiene como base la “integridad” del Dios de la Biblia.

[1] Ortiz, Pedro, Léxico hebreo/arameo-español español-hebreo/arameo, 1ª ed., Sociedad Bíblica-Sociedades Bíblicas Unidas, Madrid, 2001, p. 14.

[2] Nota al pie de página 113, en Sánchez, Edesio, Deuteronomio. Introducción y comentario, Ediciones Kairós, Buenos Aires, 2002, p. 189.

[3] Sánchez, E., op. cit., p. 189.

sábado, 16 de agosto de 2008

SER Y QUEHACER DE LA IGLESIA SAN PABLO

Colosenses 1:24-2:5

INTRODUCCIÓN: Octavio Paz es mi autor mexicano predilecto, en El laberinto de la soledad, dice que es en la adolescencia cuando empezamos a formularnos preguntas de carácter existencial, tales como: ¿quién soy? ¿hacía dónde voy? y ¿qué hago aquí?
Los Evangelios nos narran la ocasión cuando Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? (Mt 16:13ss). ¿Quién dicen que soy preguntó Jesús? ¡Jesús se cuestionó sobre su propia identidad! En otras ocasiones Jesús se afirmó como el gran “yo soy”. Yo soy el camino… Como Iglesia Presbiteriana “San Pablo” es necesario que nos hagamos tales preguntas, porque ellas definirán nuestra identidad, nuestra razón de ser y nuestro quehacer o actuar.
Hace un mes presenté al Consistorio de la iglesia, lo que habrá de ser el eje central de acción en San Pablo, y hoy quiero compartirla con ustedes. Nuestra declaración de misión como Iglesia “San Pablo” está contenida en Colosenses 1:28: “A este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos perfectos en él”.

DESARROLLO:
DECLARACIÓN DE MISIÓN[1]
La Iglesia Presbiteriana “San Pablo” existe para que Jesucristo
sea real y relevante para el mundo, en una palabra, para
"presentar perfecto en Cristo Jesús a todo ser humano"

Este pequeño texto resume en forma maravillosa el fin que la Iglesia persigue en este mundo. El apóstol Pablo define su propia misión personal en los siguientes términos: “Dios ha hecho de mí un servidor de la iglesia, por el encargo que él me dio, para bien de ustedes, de anunciar en todas partes su mensaje…” (v. 25). Nosotros al igual que Pablo, somos siervos de Dios en la Iglesia para anunciar “cumplidamente la palabra de Dios” (RVR-95). La Biblia Latinoamericana dice: “Fui constituido ministro de ella –de la Iglesia- por cuanto recibí de Dios la misión de llevar a efecto entre ustedes su proyecto”. Dios tiene un proyecto para nosotros como Iglesia San Pablo, esa es nuestra misión porque la hemos recibido de Dios. La misión nuestra es la misión de Dios.
Como Iglesia, nuestro objetivo es que, al fin de los tiempos, podamos presentarle al Padre el fruto de nuestra labor: seres humanos perfectos. El término que Pablo usa para hablar de perfección es téleios,[2] el cual apunta a la persona que alcanzó plena madurez, a aquel que ha llegado a su plena realización. También significa completar, cumplir, llevar a término, acabar, satisfacer y pagar.[3] Pablo dice: “Para esto también trabajo, luchando según la fuerza de él, la cual actúa poderosamente en mí” (v. 29).[4] No somos nosotros los que llevamos a los seres humanos a la perfección, sino que es la fuerza y el poder de Cristo mismo. La palabra traducida como <>, es integral y todo abarcadora; apunta al ser humano como habiendo alcanzado pleno desarrollo en y a través de Jesucristo. Pero este objetivo central viene acompañado por calificativos que delimitan y precisan su contenido:

1. Como lo muestra el contexto, dicha presentación se da en la segunda venida, en el futuro. Por lo tanto, nuestra misión se delega a todas las generaciones futuras, porque va más allá de la corta vida de la presente generación. Se trata de una tarea que Dios mismo terminará con la resurrección y glorificación de los santos. En aquél día Dios finalmente terminará de revelar “el designio secreto que desde hace siglos y generaciones Dios tenía escondido” (v. 26).

2. La delimitación de nuestra misión, libera a nuestro objetivo de todo concepto secularizado, pues aunque se trata de lograr que el ser humano llegue a ser perfecto, se trata de una perfección <>; esto es, en virtud de nuestra unión y comunión con Cristo. Por lo tanto, el significado del término <> no se toma de las ciencias sociales, la psicología, la política o la filosofía de moda (ni siquiera de los conceptos teológicos errados, tan en boga hoy). Su campo significativo está centrado en la Revelación cristológica. En otras palabras el significado del término <> lo dan las Sagradas Escrituras. Porque como lo he repetido hasta la saciedad, la Iglesia Presbiteriana es una Iglesia cristocéntrica y bibliocéntrica.

3. Como ya lo hemos dicho, la misión nos advierte que el fin que la iglesia persigue no es únicamente la predicación del Evangelio. Nuestro fin o misión como iglesia no es tan sólo hablar de Cristo, sino proclamar con claridad meridiana la transformación de las vidas de los pecadores por medio del poder del Espíritu de Cristo (Jn 3:3,5; 2 Co 3:17; Gal 4:6). El fin es salvar y perfeccionar en Cristo a todo ser humano. De ahí que San Pablo diga: “me alegro al ver el equilibrio y la solidez de su fe en Cristo” (2:5). Es importante resaltar que la salvación es integral, como iglesia presbiteriana no estamos preocupados en “almas” o “espíritus incorpóreos”, como si la salvación fuera a pesar del cuerpo y no con el cuerpo. Jesús dijo: “Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres” (Mc 1:17, et. al.). El Credo de los Apóstoles también enseña que la salvación incluye al cuerpo, al afirmar: “creo en la resurrección de la carne (=cuerpo) y la vida perdurable (obviamente en el cuerpo).

4. Finalmente, el lema nos libra de todo tipo de clasismo, sexismo, o racismo, pues nuestra meta es que <> llegue a ser perfecto. No queremos formar una congregación o iglesia homogénea si por ello se entiende de una sola clase social, económica, etc.

CONCLUSIÓN: Nuestra misión como Iglesia “San Pablo” revela en forma contundente, la razón de ser de nuestra comunidad de fe. Ello nos permitirá enfocar todas nuestras energías hacía la prosecución y el cumplimiento de esta misión. Reconocemos que uno de los propósitos fundamentales del ser de la Iglesia es la proclamación de la Palabra de Dios. Cuando la Iglesia habla al mundo, está cumpliendo con un mandato de Dios. La predicación es imprescindible para el cristianismo, no podemos dejar de predicar, sin perder nuestra esencia misma como Iglesia.
Cuando predicamos, estamos participando del Reino de Dios y haciendo que éste, siga extendiéndose en las vidas y corazones de aquellos que todavía hoy, no conocen a Jesucristo como su único y suficiente Salvador. Estamos participando de un poder superior, de algo más grande que nosotros, del poder que resucitó a Jesucristo, el poder que hoy reposa sobre su Iglesia (Ef 1:15-23). Amén.

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas, 17/08/08.

[1] Para todo lo que sigue me baso en Casanova Roberts, H., Los pastores y el rebaño. Una perspectiva reformada de la iglesia y la misión, Libros Desafío, Grand Rapids, 1996, pp. 76ss.
[2] 28o}n hJmei`" kataggevllomen nouqetou`nte" pavnta a[nqrwpon kai; didavskonte" pavnta a[nqrwpon ejn pavsh/ sofiva/, i{na parasthvswmen pavnta a[nqrwpon tevleion ejn Cristw`/:
[3] Ortiz, Pedro, Concordancia manual y diccionario griego-español del Nuevo Testamento, 1ª ed., Sociedad Bíblica, Madrid, 1997, p. 376. Cfr., Vocabulario griego del Nuevo Testamento, 2ª ed., Ediciones Sígueme, Salamanca, 2001, p. 184.
[4] “Este es mi trabajo, al que me entrego con la energía que viene de Cristo y que obra poderosamente en mí”. (Biblia Latinoamericana)

domingo, 27 de julio de 2008

El Espíritu dice...

“EL ESPÍRITU DICE A LA IGLESIA”

Apocalipsis 1:4-8

Cada generación de creyentes debe estar atenta a la voz del Espíritu Santo si quiere permanecer fiel al Señor de la Iglesia.

Juan de Patmos, el autor de Apocalipsis escribe “en el Espíritu” a las 7 iglesias de la provincia de Asia. Las 7 iglesias a Apocalipsis representan a las Iglesia Universal, el número 7 es el número de la plenitud y la perfección. “Escribe en un libro –dice Jesucristo- lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (Ap 1:11). Estas 7 iglesias están ubicadas en la parte occidental de lo que hoy es Turquía, en Asia Menor.

Juan quedó atrapado por el poder del Espíritu (1:10), y éste le lleva hasta el cielo mismo donde participa de un magno culto dominical (4:1-2). La orden de escribir a cada una de estas iglesias proviene de Jesucristo, el Señor de la Iglesia. El encabezado de cada carta es el mismo: “Escribe al ángel de la iglesia en…” (2:1, 8, 12, 18; 3:1, 7, 14). A continuación viene una descripción del remitente. Pero todas las cartas terminan con la frase: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

¿Ese mismo Espíritu divino, qué nos dice hoy como Iglesia? Solamente quiero tomar hoy, el mensaje para la iglesia de Filadelfia (=amor fraternal). ¿Qué nos dice el Espíritu a nosotros, creyentes de Jesucristo, miembros de San Pablo?
1. Dios tiene el control
El mensaje a Filadelfía, “es un mensaje de consuelo y optimismo para los que responden fielmente al Espíritu Santo, aun cuando están enredados en las mil dificultades del apostolado” (Biblia Latinoamericana, p. 586). Nadie dijo que la obra del Señor sería fácil; por eso, Dios es veraz y tiene un mensaje de esperanza y seguridad para nuestra amada iglesia. El Señor se presenta como el Santo, pero también como el Verdadero, como aquel que siempre cumple su palabra, que lleva a feliz término sus promesas. A veces podemos sentirnos desconcertados porque no entendemos lo que está pasando, pero detrás de todo, Dios tiene un propósito que está llevando a cabo ahora mismo. El Señor tiene la llave de David, símbolo de la autoridad como Mesías. “Cristo tiene el poder absoluto sobre la ‘casa de David’, o sea, sobre su pueblo”. El prepara un apostolado fecundo a los que supieron perseverar en los tiempos difíciles en que no se veían los frutos de sus labores” (Ibid). Cfr. Isaías 22:22.

2. Dios nos abrirá puertas
“Él abrirá y nadie cerrará…” dice el profeta Isaías. Dios nos dice que ha abierto ante nosotros una puerta que nadie puede cerrar. Tenemos una puerta abierta en el Señor (2 Co 2:12), por eso, podemos descansar en él; Jesucristo nos ha preparado una rica oportunidad de desarrollo que a su debido tiempo vendrá sobre nuestra iglesia. Así como el Señor conoce nuestras obras y nuestra conducta, también conoce nuestras fuerzas. En estos momentos podemos sentirnos débiles, con poca fuerza, pero Dios nos inspira confianza para seguir adelante. ¿Qué demanda el Señor de nosotros?

3. Dios nos llama a la fidelidad
Jesucristo le dice a su iglesia: “Has guardado mis palabras, que ponen a prueba la constancia, pues yo te protegeré en la hora de la prueba…” (3:10, BL). La Biblia de Jerusalén dice: “Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba…”. Dios nos llama a la constancia, a la fidelidad, a la paciencia, y en definitiva a la perseverancia.

4. Dios tiene una recompensa
¡El Señor viene pronto! Y viene con su galardón, trae una recompensa eterna. Jesucristo nos llama a mantener con firmeza lo que tenemos (Ap 2:25), para que nadie nos arrebate nuestra corona (Ap 2:10; 1 Co 9:25; 2 Tm 4:6-8; Stg 1:12). Retengamos entonces, nuestra corona y no permitamos que nadie nos la quite.
Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

lunes, 23 de junio de 2008

RESPUESTAS A JOB



Pbro. Emmanuel Flores-Rojas


La vida en Cristo es una vida de constantes luchas y pruebas. Nadie prometió que la vida cristiana sería fácil y sin contratiempos. Al contrario, cuando en el libro de Hebreos miramos a esa gran “galería de hombres y mujeres de fe”, encontramos que todos ellos sufrieron por causa de la fe que profesaban (Heb 11:32-40).
Prácticamente todos los hombres y mujeres de Dios han atravesado por el crisol del dolor, en el que Dios purifica a sus hijos e hijas, para separar la escoria y lo vil, de lo precioso y bello. Pero a pesar de todo el dolor y el sufrimiento inexplicable que nosotros pudiéramos experimentar como siervos de Dios, podemos descansar en la promesa de Jesús: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”. En este mismo versículo, la Biblia del Peregrino dice: “Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). Jesús ha vencido al mundo, lo que significa que Jesús ha derrotado también el dolor y el sufrimiento por el que tenemos que atravesar los creyentes. Pero aunque Jesús ya sufrió, nosotros todavía sufrimos. (Ilustración)
Un personaje bíblico que sufrió mucho dolor es Job. Job es el paradigma de todo hombre sufriente, así como “Adán” somos todos los “seres humanos” (Gn 5:1ss), en Job se encuentra personificado cada hombre que sufre sobre la tierra; sus luchas son también las nuestras. Job está cerca de nosotros como hombre sufriente, como ser humano doliente; pero sobre todo, como hombre actual. Job es más que un simple hombre, Job es todo ser humano que no alcanza a entender el misterio del dolor y el propósito de Dios en ese dolor. Así, Job trata de resolver preguntas tan radicales como: ¿Por qué sufren los inocentes? ¿Por qué existe el mal? ¿Dónde está Dios en medio de mis sufrimientos? ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido pérdidas económicas? ¿Cuántos de ustedes no ha sufrido separación o desprendimiento de seres queridos? ¿Cuántos no hemos pasado por circunstancias dolorosas que no hemos terminado de entender? Todas estas son preguntas acuciosas.
Por eso, la Biblia no nos presenta a Job ubicándolo espacio-temporalmente; Job no aparece en un tiempo ni en un espacio específico, sólo dice que es de Uz, un lugar que no es posible ubicarlo hoy (1:1). Tampoco nos da la lista genealógica de los ancestros de Job, ni nos habla de ninguno de sus antepasados -algo corriente en sus días-. El autor bíblico introduce a Job en la historia humana sin un origen claro y específico. ¿Por qué lo hace así el autor bíblico? Porque intenta mostrarnos que Job somos todos en algún momento de nuestras vidas o de nuestra existencia sobre la tierra. De ahí que el relato bíblico se abre diciendo: “Había una vez (o hubo una vez) en tierra de Uz un hombre llamado Job”. Pero tú y yo, en cuanto seres humanos que sufrimos, sí podemos ser ubicados en todo tiempo y lugar, en todo momento de dolor y de aflicción sin número.
Job nos presenta el problema teológico (¡y también psicológico!) del sufrimiento del inocente en toda su crudeza, del hombre “bueno”, del justo que sufre, de ese hombre “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1:1b). La historia de Job es un drama de poca acción pero de mucha acción. Job es un hombre que vive una vida de plenitud en todos los aspectos de su existencia: el sentimental, el económico, el religioso, en salud, etc.; él no esperaba la desgracia porque se sentía y se creía el consentido de Dios, por supuesto que Job como muchos de nosotros, no quería sufrir ni llorar. Cuando todo era miel sobre hojuelas, le viene la terrible catástrofe; podríamos decir que cuando menos se lo espera le sobreviene lo que siempre temió (Job 3:25). ¿Cuántas veces nos ha pasado algo similar? Que lo que más temíamos nos aconteció. Cuantas veces, cuando todo va bien y mejor, de pronto ¡zas! nos cae turbación.
Entonces aparece en escena, el “adversario” por antonomasia de los seres humanos, el enemigo por excelencia del hombre: Satanás, el acusador. El incitador de calamidades aparece entre los “hijos de Dios”, lo hace para denunciar a Job ante el trono del Señor. Dios le pregunta ¿de dónde vienes? Y el responde: “de rodear la tierra y de andar por ella”. Eso nos recuerda las palabras del apóstol Pedro, refiriéndose a él como el león rugiente que anda “alrededor” buscando a quien devorar (1 P 5:8). Pedro sabía de qué estaba hablando, sin duda, recordaba su propia noche “oscura” en el huerto de Gethsemaní. Ahí está Satanás delante de Dios, ha acudido a su cita no como un agente independiente, sino como un siervo de Dios que cumple también él, los propósitos eternos de Dios.
Dios presenta a Job como su “siervo”, título honorífico que sólo algunos pueden sustentar. Dios está orgulloso de Job, porque “no hay otro como él en la tierra”. Dios reconoce la obediencia e integridad de su siervo Job, porque éste es un hombre en extremo piadoso que se cuida de ofrecer holocaustos a favor de sus hijos.
Satanás aparece en otros lugares como aquel que incita al hombre a obrar el mal, pero ahora promueve que Dios levante su mano contra su amado siervo Job. Satanás en extremo astuto, mete la duda, pero Dios prende a los astutos en su astucia. Job resiste el primer embate (1:22), pero el segundo ataque empieza a quebrantar su fe (2:10c), y entonces, empiezan a surgir las preguntas, preguntas acuciosas y difíciles de contestar…


INP “San Pablo”
Metepec, México
22/06/08

sábado, 7 de junio de 2008

EL POEMA DE DIOS



¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas,

Y para que pongas sobre él tu corazón,

Y lo visites todas las mañanas…?

Job 7:17ss.

Introducción:

Es de todos conocidos que en el billete de 100 pesos, hay un hermoso poema del rey poeta Nezahualcóyotl de Texcoco. Su poema se titula Mi hermano el hombre y dice así:

Amo el canto del Zentzontle

Pájaro de cuatrocientas voces

Amo el color del jade

Y en enervante perfume de las flores

Pero amo más a mi hermano el hombre

Aquí Nezahualcóyotl manifiesta lo que era más importante en la vida de un poeta nahua, la flor y el canto. Flor y canto eran el símbolo de la felicidad suprema, de la felicidad por antonomasia. Pero por encima de la flor y el canto se encontraba el propio ser humano. Nezahualcóyotl, huey tlatoani de Texcoco, dice, pero por encima de todo eso, “amo más a mi hermano el hombre”.

Desarrollo:

La Palabra de Dios nos enseña que las bellas artes son producto del hombre, el cual manifiesta el ser imagen y semejanza de Dios al crear también él, cosas hermosas. La Biblia enseña que fueron los descendientes de Caín, quienes como pastores nómadas empiezan a practicar la ganadería (Jabal), crean la música (Jubal) y también la herrería (Tubal-caín; Gn 4:20-22). En ese sentido, las Escrituras nos muestran cómo el hombre es co-creador con Dios, de belleza y arte. La poesía es parte de la belleza, a través de ella expresamos sentimientos, pensamientos y estados de ánimo. ¡Dios ha creado todo lo bello! ¡Te ha creado a ti!

Si el hombre está hecho a la imagen y semejanza de Dios, eso significa que Dios crea cosas bellas y hermosas para su propio deleite y gozo. Hombre y mujer somos “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1:26-27; 5:1-2; Stg 3:9). Cuando Dios fue formando todas sus obras de creación, la Biblia menciona una acción de Dios, está en los siguientes versículos (Gn 1:4, 10, 12, 18, 21, 25). Esa frase es: “Y vio Dios que era bueno”; pero es sólo hasta que Dios crea al ser humano que la frase cambia (Gn 1:31), “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. El ser humano en cuanto “imagen y semejanza” de ese Dios creador, le viene a dar pleno significado a la creación. Ésta no estaría completa si el hombre no hubiera sido creado. ¡El ser humano es corona de la creación!

Como veremos a continuación, Dios es un poeta y nosotros somos su poema. Así lo dice Pablo en Efesios 2:10.[1] Ninguna traducción logra verter toda la fuerza del idioma griego original, porque cuando dice que “somos hechura suya”, el griego literalmente dice: “somos su poema”. En ese sentido, somos la obra de arte de Dios, somos la obra maestra de Dios. Su Palabra dice que Él nos hizo un poco menor que los ángeles, que Él nos coronó de gloria y de honra (Sal 8:5). Otra traducción dice: “Lo hiciste apenas inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor” (Biblia del Peregrino). Esto es maravilloso, y tiene profundo significado para nuestra vida, porque ser el poema de Dios, quiere decir que somos por mucho, superiores a cualquiera otra obra de la creación. Dios quiso ponernos muy por encima de sus criaturas, muy por encima de sus obras de creación (Sal 8:6ss).

Aquí encontramos la alta dignidad en la que Dios nos puso, el gran honor que nos concedió. El Salmo 8 inicia y concluye con una exclamación de profunda admiración ante la grandeza de Dios (vv. 1 y 9). El salmista se pregunta una y otra vez, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué es el ser humano para que lo visites? ¿Qué es el hombre para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano para que lo estimes? (Sal 144:3). Y la propia Palabra de Dios responde: el ser humano es el poema de Dios. ¡Somos el poema de Dios! El hombre es poesía divina. El Nombre de Dios es glorioso en toda la tierra, porque sobre ésta se encuentra su representante, su imagen y semejanza: el hombre, el ser humano. ¡Qué maravilla! Usted jamás debe sentirse menos, nunca debe considerarse inferior porque usted es el poema de Dios. ¡Dios lo tiene en altísima estima!

Quiero terminar este sermón de antropología bíblica con un poema de un poeta colombiano de nombre César Abreu Volmar, titulado Somos tu poema:

Quise escribir el mejor poema
pero tú lo habías hecho, Señor.
Y quise encontrar la mejor palabra
pero tú eres la Palabra por excelencia.

Somos tu poema
escrito con amor
y con sangre de tu Hijo,
de tu propio corazón.

El mundo es tu parto de palabras,
somos las sílabas de tu gran canción.
Somos tu poema

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.


[1] 10aujtou` gavr ejsmen poivhma, ktisqevnte" ejn Cristw`/ jIhsou` ejpi; e[rgoi" ajgaqoi`" oi|" prohtoivmasen oJ qeo;", i{na ejn aujtoi`" peripathvswmen.

EL HOGAR, IGLESIA DOMÉSTICA


Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

Winston Churchil dijo hace 100 años, en 1908 lo siguiente: “Construyamos con inteligencia, construyamos con seguridad, construyamos con lealtad, construyamos no para el momento, sino para los años por venir y, por ende, para establecer aquí abajo lo que esperamos encontrar allá arriba –una casa de muchos aposentos, donde haya lugar para todos”.1

“Construyamos con inteligencia” decía Churchil, quizá no me equivoque, pero ese es el pensamiento que a lo largo de la vida ha dirigido el obrar del hermano Alejandro Casasola y el de su esposa; él me dice constantemente: “Emmanuel: hay que pensar para hacer las cosas, no hacer las cosas para pensar”. A eso llamo yo inteligencia, y más que inteligencia, sabiduría; la sabiduría que da la vida, el tiempo, las experiencias. Pero sobre todo, la sabiduría que da la Biblia, el Libro de Dios. En ese sentido, la mejor “guía” que uno puede obtener para construir un hogar no para el momento sino permanente y para el porvenir, es la Biblia. Sé que ella ha sido el centro del ser y quehacer del matrimonio Casasola López. Veamos entonces, qué consejos nos brinda La Palabra.

En primer lugar, La Biblia dice que si Dios no edifica la casa (=familia) en vano trabajan los que la edifican (Sal 127:1). Para construir una familia, se necesita la ayuda y bendición de Dios, de lo contrario se estará trabajando en vano. Ya lo he dicho en otras ocasiones, la familia cristiana es la iglesia doméstica. La Palabra de Dios nos enseña que la piedra principal de la Iglesia es Cristo, lo mismo aplica para la iglesia doméstica. Así, sólo las familias que tienen como centro de su existencia a Jesucristo, pueden permanecer en pie. Jesús así lo dijo: “Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer” (Mc 3:25). Cristo tuvo que ser el centro de este matrimonio que ustedes tienen delante, para que haya permanecido tantos años incólume.

Esto es importantísimo para las nuevas generaciones. Muchos dicen: bah, eso funcionaba antes, pero hoy ya no aplica. Mucho jóvenes piensan: “puedo casarme con quien quiera con tal que me ame”. Sí, el amor es importante; pero más importante que el amor entre pareja, es el amor que como pareja tengan a Jesús, centro de la existencia familiar. Una familia dividida en cuanto a la fe, no puede permanecer de pie. El apóstol Pablo lo enseñó en los siguientes términos. Hablando de la mujer dice: “que se case” (1 Co 7:36c); ella (igual que el varón) tiene libertad para escoger con quien casarse: “libre es para casarse con quien quiera” –dice el apóstol-, pero pone una condición: “con tal que sea en el Señor”. La unidad de la fe en el Señor Jesucristo es primordial para el éxito de un matrimonio hoy, tanto como ayer. Evitemos el fracaso matrimonial, teniendo como centro de la existencia matrimonial a Jesús. Jóvenes y señoritas, hagan caso a la recomendación de su abuelito: “hay que pensar para hacer las cosas, y no hacer las cosas para pensar”.

“Construyamos con seguridad” pedía también Churchil. Pues bien, en segundo lugar, quiero hacer notar que para construir una familia con seguridad, se tiene que apelar a la bendición y protección de Dios. Y en la edificación o construcción de una familia, intervienen dos; siempre es la pareja bendecida por Dios, la que puede edificar con seguridad. Por ello es que para construir una familia, también la inteligencia de la esposa cuenta, y mucho; Proverbios 14:1, así lo dice: “La mujer sabia edifica su casa…”. La palabra matrimonio, viene de la unión de dos palabras latinas: matriz y mundi, literalmente: oficio de madre. Ese ha sido el alto honor que ha desempeñado su mamá en estos 60 años de matrimonio. El “oficio de madre”, para ello no sólo ha contado con el apoyo de su fiel esposo, sino también de una sabiduría sin igual. No creo equivocarme, cuando afirmo que la decisión más sabía que esta mujer de Dios tomó un buen día, fue cuando con palabras similares a las que Rut dirigió a su suegra Nohemí; un día, nuestra hermana Toyita dijo a su esposo: “Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios” (Rut 1:16). Aquí están los dos ingredientes para un matrimonio para toda la vida, para un matrimonio próspero.

Aquí delante de nosotros, tenemos a un matrimonio que ha llegado felizmente a su 60 aniversario, porque ellos han sido sabios e inteligentes. Ellos supieron muy temprano que sólo tomados de la mano de Dios podrían edificar y construir una sólida familia, una familia cristiana. Ellos convirtieron su hogar en una iglesia doméstica. Josué casi al final de sus días le dijo al pueblo de Israel: “… yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos 24:15). Ese ha sido el deseo de este hermoso matrimonio, hoy ellos pueden decir como Josué: “Nosotros y nuestra familia serviremos al Señor”.

Para formar matrimonios tan sólidos como este que tenemos delante de nosotros, se necesita de la bendición de Dios. Nosotros unidos a ellos, damos gracias a Dios por la gracia tan grande con la que el Señor Jesús con la asistencia de su Espíritu, les ha dotado. Dios les bendiga.

INP “San Pablo”

06-06-08