domingo, 27 de julio de 2008

El Espíritu dice...

“EL ESPÍRITU DICE A LA IGLESIA”

Apocalipsis 1:4-8

Cada generación de creyentes debe estar atenta a la voz del Espíritu Santo si quiere permanecer fiel al Señor de la Iglesia.

Juan de Patmos, el autor de Apocalipsis escribe “en el Espíritu” a las 7 iglesias de la provincia de Asia. Las 7 iglesias a Apocalipsis representan a las Iglesia Universal, el número 7 es el número de la plenitud y la perfección. “Escribe en un libro –dice Jesucristo- lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (Ap 1:11). Estas 7 iglesias están ubicadas en la parte occidental de lo que hoy es Turquía, en Asia Menor.

Juan quedó atrapado por el poder del Espíritu (1:10), y éste le lleva hasta el cielo mismo donde participa de un magno culto dominical (4:1-2). La orden de escribir a cada una de estas iglesias proviene de Jesucristo, el Señor de la Iglesia. El encabezado de cada carta es el mismo: “Escribe al ángel de la iglesia en…” (2:1, 8, 12, 18; 3:1, 7, 14). A continuación viene una descripción del remitente. Pero todas las cartas terminan con la frase: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

¿Ese mismo Espíritu divino, qué nos dice hoy como Iglesia? Solamente quiero tomar hoy, el mensaje para la iglesia de Filadelfia (=amor fraternal). ¿Qué nos dice el Espíritu a nosotros, creyentes de Jesucristo, miembros de San Pablo?
1. Dios tiene el control
El mensaje a Filadelfía, “es un mensaje de consuelo y optimismo para los que responden fielmente al Espíritu Santo, aun cuando están enredados en las mil dificultades del apostolado” (Biblia Latinoamericana, p. 586). Nadie dijo que la obra del Señor sería fácil; por eso, Dios es veraz y tiene un mensaje de esperanza y seguridad para nuestra amada iglesia. El Señor se presenta como el Santo, pero también como el Verdadero, como aquel que siempre cumple su palabra, que lleva a feliz término sus promesas. A veces podemos sentirnos desconcertados porque no entendemos lo que está pasando, pero detrás de todo, Dios tiene un propósito que está llevando a cabo ahora mismo. El Señor tiene la llave de David, símbolo de la autoridad como Mesías. “Cristo tiene el poder absoluto sobre la ‘casa de David’, o sea, sobre su pueblo”. El prepara un apostolado fecundo a los que supieron perseverar en los tiempos difíciles en que no se veían los frutos de sus labores” (Ibid). Cfr. Isaías 22:22.

2. Dios nos abrirá puertas
“Él abrirá y nadie cerrará…” dice el profeta Isaías. Dios nos dice que ha abierto ante nosotros una puerta que nadie puede cerrar. Tenemos una puerta abierta en el Señor (2 Co 2:12), por eso, podemos descansar en él; Jesucristo nos ha preparado una rica oportunidad de desarrollo que a su debido tiempo vendrá sobre nuestra iglesia. Así como el Señor conoce nuestras obras y nuestra conducta, también conoce nuestras fuerzas. En estos momentos podemos sentirnos débiles, con poca fuerza, pero Dios nos inspira confianza para seguir adelante. ¿Qué demanda el Señor de nosotros?

3. Dios nos llama a la fidelidad
Jesucristo le dice a su iglesia: “Has guardado mis palabras, que ponen a prueba la constancia, pues yo te protegeré en la hora de la prueba…” (3:10, BL). La Biblia de Jerusalén dice: “Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba…”. Dios nos llama a la constancia, a la fidelidad, a la paciencia, y en definitiva a la perseverancia.

4. Dios tiene una recompensa
¡El Señor viene pronto! Y viene con su galardón, trae una recompensa eterna. Jesucristo nos llama a mantener con firmeza lo que tenemos (Ap 2:25), para que nadie nos arrebate nuestra corona (Ap 2:10; 1 Co 9:25; 2 Tm 4:6-8; Stg 1:12). Retengamos entonces, nuestra corona y no permitamos que nadie nos la quite.
Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

lunes, 23 de junio de 2008

RESPUESTAS A JOB



Pbro. Emmanuel Flores-Rojas


La vida en Cristo es una vida de constantes luchas y pruebas. Nadie prometió que la vida cristiana sería fácil y sin contratiempos. Al contrario, cuando en el libro de Hebreos miramos a esa gran “galería de hombres y mujeres de fe”, encontramos que todos ellos sufrieron por causa de la fe que profesaban (Heb 11:32-40).
Prácticamente todos los hombres y mujeres de Dios han atravesado por el crisol del dolor, en el que Dios purifica a sus hijos e hijas, para separar la escoria y lo vil, de lo precioso y bello. Pero a pesar de todo el dolor y el sufrimiento inexplicable que nosotros pudiéramos experimentar como siervos de Dios, podemos descansar en la promesa de Jesús: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”. En este mismo versículo, la Biblia del Peregrino dice: “Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). Jesús ha vencido al mundo, lo que significa que Jesús ha derrotado también el dolor y el sufrimiento por el que tenemos que atravesar los creyentes. Pero aunque Jesús ya sufrió, nosotros todavía sufrimos. (Ilustración)
Un personaje bíblico que sufrió mucho dolor es Job. Job es el paradigma de todo hombre sufriente, así como “Adán” somos todos los “seres humanos” (Gn 5:1ss), en Job se encuentra personificado cada hombre que sufre sobre la tierra; sus luchas son también las nuestras. Job está cerca de nosotros como hombre sufriente, como ser humano doliente; pero sobre todo, como hombre actual. Job es más que un simple hombre, Job es todo ser humano que no alcanza a entender el misterio del dolor y el propósito de Dios en ese dolor. Así, Job trata de resolver preguntas tan radicales como: ¿Por qué sufren los inocentes? ¿Por qué existe el mal? ¿Dónde está Dios en medio de mis sufrimientos? ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido pérdidas económicas? ¿Cuántos de ustedes no ha sufrido separación o desprendimiento de seres queridos? ¿Cuántos no hemos pasado por circunstancias dolorosas que no hemos terminado de entender? Todas estas son preguntas acuciosas.
Por eso, la Biblia no nos presenta a Job ubicándolo espacio-temporalmente; Job no aparece en un tiempo ni en un espacio específico, sólo dice que es de Uz, un lugar que no es posible ubicarlo hoy (1:1). Tampoco nos da la lista genealógica de los ancestros de Job, ni nos habla de ninguno de sus antepasados -algo corriente en sus días-. El autor bíblico introduce a Job en la historia humana sin un origen claro y específico. ¿Por qué lo hace así el autor bíblico? Porque intenta mostrarnos que Job somos todos en algún momento de nuestras vidas o de nuestra existencia sobre la tierra. De ahí que el relato bíblico se abre diciendo: “Había una vez (o hubo una vez) en tierra de Uz un hombre llamado Job”. Pero tú y yo, en cuanto seres humanos que sufrimos, sí podemos ser ubicados en todo tiempo y lugar, en todo momento de dolor y de aflicción sin número.
Job nos presenta el problema teológico (¡y también psicológico!) del sufrimiento del inocente en toda su crudeza, del hombre “bueno”, del justo que sufre, de ese hombre “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1:1b). La historia de Job es un drama de poca acción pero de mucha acción. Job es un hombre que vive una vida de plenitud en todos los aspectos de su existencia: el sentimental, el económico, el religioso, en salud, etc.; él no esperaba la desgracia porque se sentía y se creía el consentido de Dios, por supuesto que Job como muchos de nosotros, no quería sufrir ni llorar. Cuando todo era miel sobre hojuelas, le viene la terrible catástrofe; podríamos decir que cuando menos se lo espera le sobreviene lo que siempre temió (Job 3:25). ¿Cuántas veces nos ha pasado algo similar? Que lo que más temíamos nos aconteció. Cuantas veces, cuando todo va bien y mejor, de pronto ¡zas! nos cae turbación.
Entonces aparece en escena, el “adversario” por antonomasia de los seres humanos, el enemigo por excelencia del hombre: Satanás, el acusador. El incitador de calamidades aparece entre los “hijos de Dios”, lo hace para denunciar a Job ante el trono del Señor. Dios le pregunta ¿de dónde vienes? Y el responde: “de rodear la tierra y de andar por ella”. Eso nos recuerda las palabras del apóstol Pedro, refiriéndose a él como el león rugiente que anda “alrededor” buscando a quien devorar (1 P 5:8). Pedro sabía de qué estaba hablando, sin duda, recordaba su propia noche “oscura” en el huerto de Gethsemaní. Ahí está Satanás delante de Dios, ha acudido a su cita no como un agente independiente, sino como un siervo de Dios que cumple también él, los propósitos eternos de Dios.
Dios presenta a Job como su “siervo”, título honorífico que sólo algunos pueden sustentar. Dios está orgulloso de Job, porque “no hay otro como él en la tierra”. Dios reconoce la obediencia e integridad de su siervo Job, porque éste es un hombre en extremo piadoso que se cuida de ofrecer holocaustos a favor de sus hijos.
Satanás aparece en otros lugares como aquel que incita al hombre a obrar el mal, pero ahora promueve que Dios levante su mano contra su amado siervo Job. Satanás en extremo astuto, mete la duda, pero Dios prende a los astutos en su astucia. Job resiste el primer embate (1:22), pero el segundo ataque empieza a quebrantar su fe (2:10c), y entonces, empiezan a surgir las preguntas, preguntas acuciosas y difíciles de contestar…


INP “San Pablo”
Metepec, México
22/06/08

sábado, 7 de junio de 2008

EL POEMA DE DIOS



¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas,

Y para que pongas sobre él tu corazón,

Y lo visites todas las mañanas…?

Job 7:17ss.

Introducción:

Es de todos conocidos que en el billete de 100 pesos, hay un hermoso poema del rey poeta Nezahualcóyotl de Texcoco. Su poema se titula Mi hermano el hombre y dice así:

Amo el canto del Zentzontle

Pájaro de cuatrocientas voces

Amo el color del jade

Y en enervante perfume de las flores

Pero amo más a mi hermano el hombre

Aquí Nezahualcóyotl manifiesta lo que era más importante en la vida de un poeta nahua, la flor y el canto. Flor y canto eran el símbolo de la felicidad suprema, de la felicidad por antonomasia. Pero por encima de la flor y el canto se encontraba el propio ser humano. Nezahualcóyotl, huey tlatoani de Texcoco, dice, pero por encima de todo eso, “amo más a mi hermano el hombre”.

Desarrollo:

La Palabra de Dios nos enseña que las bellas artes son producto del hombre, el cual manifiesta el ser imagen y semejanza de Dios al crear también él, cosas hermosas. La Biblia enseña que fueron los descendientes de Caín, quienes como pastores nómadas empiezan a practicar la ganadería (Jabal), crean la música (Jubal) y también la herrería (Tubal-caín; Gn 4:20-22). En ese sentido, las Escrituras nos muestran cómo el hombre es co-creador con Dios, de belleza y arte. La poesía es parte de la belleza, a través de ella expresamos sentimientos, pensamientos y estados de ánimo. ¡Dios ha creado todo lo bello! ¡Te ha creado a ti!

Si el hombre está hecho a la imagen y semejanza de Dios, eso significa que Dios crea cosas bellas y hermosas para su propio deleite y gozo. Hombre y mujer somos “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1:26-27; 5:1-2; Stg 3:9). Cuando Dios fue formando todas sus obras de creación, la Biblia menciona una acción de Dios, está en los siguientes versículos (Gn 1:4, 10, 12, 18, 21, 25). Esa frase es: “Y vio Dios que era bueno”; pero es sólo hasta que Dios crea al ser humano que la frase cambia (Gn 1:31), “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. El ser humano en cuanto “imagen y semejanza” de ese Dios creador, le viene a dar pleno significado a la creación. Ésta no estaría completa si el hombre no hubiera sido creado. ¡El ser humano es corona de la creación!

Como veremos a continuación, Dios es un poeta y nosotros somos su poema. Así lo dice Pablo en Efesios 2:10.[1] Ninguna traducción logra verter toda la fuerza del idioma griego original, porque cuando dice que “somos hechura suya”, el griego literalmente dice: “somos su poema”. En ese sentido, somos la obra de arte de Dios, somos la obra maestra de Dios. Su Palabra dice que Él nos hizo un poco menor que los ángeles, que Él nos coronó de gloria y de honra (Sal 8:5). Otra traducción dice: “Lo hiciste apenas inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor” (Biblia del Peregrino). Esto es maravilloso, y tiene profundo significado para nuestra vida, porque ser el poema de Dios, quiere decir que somos por mucho, superiores a cualquiera otra obra de la creación. Dios quiso ponernos muy por encima de sus criaturas, muy por encima de sus obras de creación (Sal 8:6ss).

Aquí encontramos la alta dignidad en la que Dios nos puso, el gran honor que nos concedió. El Salmo 8 inicia y concluye con una exclamación de profunda admiración ante la grandeza de Dios (vv. 1 y 9). El salmista se pregunta una y otra vez, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué es el ser humano para que lo visites? ¿Qué es el hombre para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano para que lo estimes? (Sal 144:3). Y la propia Palabra de Dios responde: el ser humano es el poema de Dios. ¡Somos el poema de Dios! El hombre es poesía divina. El Nombre de Dios es glorioso en toda la tierra, porque sobre ésta se encuentra su representante, su imagen y semejanza: el hombre, el ser humano. ¡Qué maravilla! Usted jamás debe sentirse menos, nunca debe considerarse inferior porque usted es el poema de Dios. ¡Dios lo tiene en altísima estima!

Quiero terminar este sermón de antropología bíblica con un poema de un poeta colombiano de nombre César Abreu Volmar, titulado Somos tu poema:

Quise escribir el mejor poema
pero tú lo habías hecho, Señor.
Y quise encontrar la mejor palabra
pero tú eres la Palabra por excelencia.

Somos tu poema
escrito con amor
y con sangre de tu Hijo,
de tu propio corazón.

El mundo es tu parto de palabras,
somos las sílabas de tu gran canción.
Somos tu poema

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.


[1] 10aujtou` gavr ejsmen poivhma, ktisqevnte" ejn Cristw`/ jIhsou` ejpi; e[rgoi" ajgaqoi`" oi|" prohtoivmasen oJ qeo;", i{na ejn aujtoi`" peripathvswmen.

EL HOGAR, IGLESIA DOMÉSTICA


Pbro. Emmanuel Flores-Rojas.

Winston Churchil dijo hace 100 años, en 1908 lo siguiente: “Construyamos con inteligencia, construyamos con seguridad, construyamos con lealtad, construyamos no para el momento, sino para los años por venir y, por ende, para establecer aquí abajo lo que esperamos encontrar allá arriba –una casa de muchos aposentos, donde haya lugar para todos”.1

“Construyamos con inteligencia” decía Churchil, quizá no me equivoque, pero ese es el pensamiento que a lo largo de la vida ha dirigido el obrar del hermano Alejandro Casasola y el de su esposa; él me dice constantemente: “Emmanuel: hay que pensar para hacer las cosas, no hacer las cosas para pensar”. A eso llamo yo inteligencia, y más que inteligencia, sabiduría; la sabiduría que da la vida, el tiempo, las experiencias. Pero sobre todo, la sabiduría que da la Biblia, el Libro de Dios. En ese sentido, la mejor “guía” que uno puede obtener para construir un hogar no para el momento sino permanente y para el porvenir, es la Biblia. Sé que ella ha sido el centro del ser y quehacer del matrimonio Casasola López. Veamos entonces, qué consejos nos brinda La Palabra.

En primer lugar, La Biblia dice que si Dios no edifica la casa (=familia) en vano trabajan los que la edifican (Sal 127:1). Para construir una familia, se necesita la ayuda y bendición de Dios, de lo contrario se estará trabajando en vano. Ya lo he dicho en otras ocasiones, la familia cristiana es la iglesia doméstica. La Palabra de Dios nos enseña que la piedra principal de la Iglesia es Cristo, lo mismo aplica para la iglesia doméstica. Así, sólo las familias que tienen como centro de su existencia a Jesucristo, pueden permanecer en pie. Jesús así lo dijo: “Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer” (Mc 3:25). Cristo tuvo que ser el centro de este matrimonio que ustedes tienen delante, para que haya permanecido tantos años incólume.

Esto es importantísimo para las nuevas generaciones. Muchos dicen: bah, eso funcionaba antes, pero hoy ya no aplica. Mucho jóvenes piensan: “puedo casarme con quien quiera con tal que me ame”. Sí, el amor es importante; pero más importante que el amor entre pareja, es el amor que como pareja tengan a Jesús, centro de la existencia familiar. Una familia dividida en cuanto a la fe, no puede permanecer de pie. El apóstol Pablo lo enseñó en los siguientes términos. Hablando de la mujer dice: “que se case” (1 Co 7:36c); ella (igual que el varón) tiene libertad para escoger con quien casarse: “libre es para casarse con quien quiera” –dice el apóstol-, pero pone una condición: “con tal que sea en el Señor”. La unidad de la fe en el Señor Jesucristo es primordial para el éxito de un matrimonio hoy, tanto como ayer. Evitemos el fracaso matrimonial, teniendo como centro de la existencia matrimonial a Jesús. Jóvenes y señoritas, hagan caso a la recomendación de su abuelito: “hay que pensar para hacer las cosas, y no hacer las cosas para pensar”.

“Construyamos con seguridad” pedía también Churchil. Pues bien, en segundo lugar, quiero hacer notar que para construir una familia con seguridad, se tiene que apelar a la bendición y protección de Dios. Y en la edificación o construcción de una familia, intervienen dos; siempre es la pareja bendecida por Dios, la que puede edificar con seguridad. Por ello es que para construir una familia, también la inteligencia de la esposa cuenta, y mucho; Proverbios 14:1, así lo dice: “La mujer sabia edifica su casa…”. La palabra matrimonio, viene de la unión de dos palabras latinas: matriz y mundi, literalmente: oficio de madre. Ese ha sido el alto honor que ha desempeñado su mamá en estos 60 años de matrimonio. El “oficio de madre”, para ello no sólo ha contado con el apoyo de su fiel esposo, sino también de una sabiduría sin igual. No creo equivocarme, cuando afirmo que la decisión más sabía que esta mujer de Dios tomó un buen día, fue cuando con palabras similares a las que Rut dirigió a su suegra Nohemí; un día, nuestra hermana Toyita dijo a su esposo: “Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios” (Rut 1:16). Aquí están los dos ingredientes para un matrimonio para toda la vida, para un matrimonio próspero.

Aquí delante de nosotros, tenemos a un matrimonio que ha llegado felizmente a su 60 aniversario, porque ellos han sido sabios e inteligentes. Ellos supieron muy temprano que sólo tomados de la mano de Dios podrían edificar y construir una sólida familia, una familia cristiana. Ellos convirtieron su hogar en una iglesia doméstica. Josué casi al final de sus días le dijo al pueblo de Israel: “… yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos 24:15). Ese ha sido el deseo de este hermoso matrimonio, hoy ellos pueden decir como Josué: “Nosotros y nuestra familia serviremos al Señor”.

Para formar matrimonios tan sólidos como este que tenemos delante de nosotros, se necesita de la bendición de Dios. Nosotros unidos a ellos, damos gracias a Dios por la gracia tan grande con la que el Señor Jesús con la asistencia de su Espíritu, les ha dotado. Dios les bendiga.

INP “San Pablo”

06-06-08

sábado, 31 de mayo de 2008

JESÚS, MODELO DE MASCULINIDAD

Rut 3; Efesios 5:21-33

Me gustas cuando callas porque estás como ausente…

Pablo Neruda

Es de todos conocido que Jesús nunca estuvo casado, fue célibe, pero si hubiera estado casado no hubiera tenido nada de malo, porque el matrimonio es una institución sagrada establecida por Dios. Aunque Jesús nunca se casó, es sin embargo, el ejemplo supremo de masculinidad. Si alguien puede ser un ejemplo para los hombres de cómo tratar a una mujer, ese es Jesús. ¡Jesús sería el esposo perfecto!

De hecho, Jesús es el esposo perfecto, su esposa es la Iglesia. Y justamente en su Iglesia, se ha dado una lectura patológica y enfermiza de la Biblia, para someter al silencio y a veces también al olvido a las mujeres. Cuando callan están como ausentes, entre menos hablen en la Iglesia es mejor. Muchas veces a las mujeres ni las vemos ni las oímos. Pero Jesús las ve y las escucha, él les da la palabra a las mujeres, se la dio a la suegra de Pedro sanándola, se la dio a la mujer con flujo de sangre defendiéndola, se la dio a la mujer samaritana dialogando con ella, se la dio a María Magdalena nombrándola la apóstola a los apóstoles. Jesús rompe los paradigmas y los estereotipos de su tiempo y ubica a la mujer en la misma condición que al hombre. Jesús no le tiene miedo a las mujeres, al contrario, no le importa juntarse con ellas; las aprecia comisionándolas y asociándolas en la proclamación de su Palabra.

Un texto preferido por los esposos es el de Efesios 5:22-24, porque a través de una lectura sesgada de él, se ha sometido muchas veces a las mujeres. En esos versículos Pablo dice: mujeres, sujétense a sus maridos. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos…” (v. 22).[1] Este es el versículo favorito de los maridos. ¿Verdad que sí? Pero ¿qué significa esa palabra que se tradujo como “sujeción”? Sujeción aquí es entrega total, más aún, es sujeción mutua en Cristo; el versículo 21 así lo dice: “Someteos unos a otros…”. Ésta es una sujeción mutua y voluntaria que es nacida del amor, el amor como la base de todas las relaciones familiares y domésticas (cfr., Mc 10:44; Gal 5:13). Esposo ¿quieres ser el primero? Entonces tienes que ser siervo, siervo por amor a tu esposa, siervo por amor a tus hijos, “siervo por amor a Jesús” (2 Co 4:5).

Las feministas que han malinterpretado a San Pablo, dicen que él era un vulgar misógino. Pero Pablo continúa diciendo: “el marido es cabeza de la mujer”; como pastor he escuchado a más de un marido que le dice a su esposa, “como yo soy tu marido y soy tu cabeza, entonces aquí yo soy el que manda, aquí yo soy el que decide, el que ordena, el que piensa”. Pero Pablo añade: “así como Cristo es cabeza de la Iglesia”. Fíjese que la relación de Cristo con la Iglesia se presenta como modelo de la relación entre los esposos. De ahí que Pablo, en el versículo 32 diga: “Ese símbolo es magnífico, y yo lo aplico a Cristo y la Iglesia” (Biblia del Peregrino). Sigamos el argumento.

Pablo le dedica a la cuestión de las mujeres tan sólo 3 versículos, pero a la de los varones dedica 9 versículos. De hecho, Pablo explica el significado de lo que representa ser “cabeza”. El apóstol llama a amar a la mujer, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. La masculinidad o virilidad, según la comprende Pablo, es una masculinidad de entrega toral, de servicio total. Lo que Pablo enseña aquí tiene un significado tremendo para la vida matrimonial, y por extensión familiar.

En el matrimonio cristiano y siguiendo el ejemplo de Cristo con su Iglesia, los varones debemos perseguir una masculinidad de donación, dejando la masculinidad de dominación. Cristo se dio, se entrego completamente por su Esposa, su Iglesia. Él no somete a golpes a su Iglesia, él no la maltrata ni le grita, no usa la violencia para sujetarla, porque ella es su Cuerpo. Pablo anuncia a los esposos de Éfeso, que ellos “deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (v. 28). “28bQuien ama a su mujer se ama a sí mismo; 29nadie aborrece a su propio cuerpo, más bien lo alimenta y cuida: así hace Cristo por la Iglesia, 30por nosotros, que somos los miembros de su cuerpo. 31Por eso abandonará el hombre...” (Biblia del Peregrino). Note que la Palabra pide “abandono” al hombre, no a la mujer. Varón de Dios, ¿qué te pide el Señor abandonar hoy? ¿Qué es lo que debes abandonar por tu esposa? ¡Cristo se abandonó por su Iglesia!

Todo lo que Pablo dice sobre las relaciones familiares es importantísimo, porque la familia cristiana es la “Iglesia doméstica”. ¿Cristo se encuentra presente en el centro de nuestras familias? La Iglesia doméstica está formada por el matrimonio y los hijos, en la Iglesia doméstica al igual que en la Iglesia general, Cristo debe presidir. Tú como varón hermano, eres un pastor para tu familia, eres un sacerdote para tu esposa y tus hijos. Como esposo y padre de familia, eres el animador litúrgico que lleva a su esposa e hijos a un encuentro “familiar” con Jesucristo. Como esposo cristiano, deberías decirle a tu esposa: “Mi existencia la entiendo como una vida de servicio y abandono para que tú seas la mujer de Dios, para que yo sea para ti el “hombre de Dios”. La meta de mi vida como esposo es elevarte a la condición de igualdad conmigo”. Hermano, como marido cristiano, tú debes amar y tratar a tu esposa como si ella estuviera casada con Cristo. Hazlo así, para que ella pueda decir: “Yo me casé con Jesús, porque él, -mi marido- me ama como Jesús ama a su Iglesia”. Amén.

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas,

INP “San Pablo"

01 de junio 2008



[1] Una lectura alterna que nos proporciona la Biblia del Peregrino dice así: “Las mujeres deben respetar a los maridos como al Señor”. En esta traducción, la connotación no es la de sometimiento sino la de reconocimiento.

domingo, 4 de mayo de 2008

LAS ARMAS DE NUESTRA MILICIA

2 Corintios 10:3ss

Introducción:

El domingo pasado, dijimos que como Iglesia “San Pablo” estamos en guerra y tipificamos diversas clases de soldados:

a) Soldados sin compañía

b) Soldados que no tienen cuartel

c) Soldados sin ejercitarse en la fe

d) Soldados a los que no les gusta la guerra

e) Soldados que no tienen o no usan uniforme

f) Soldados sin sujeción

g) Soldados sin armas[1]

Pero hoy quiero describir al “buen soldado de Jesucristo” según el testimonio paulino. Vamos a hablar de “San Pablo”, aquel que fue comisionado para predicarles a los no-judíos. Su legado apostólico es impresionante y puede alentarnos a nosotros hoy en nuestra misión conjunta. Nuestra Iglesia, lleva el nombre del príncipe de los apóstoles, y todos debiéramos honrar su memoria. Pablo es por excelencia el más grande de todos los apóstoles que haya conocido la cristiandad, ¿pero qué lo llevó a ubicarse en tal posición tan eminente? Sin duda, su trabajo en la obra del Señor. Analicemos lo que él dice sobre su ministerio en la Segunda Epístola a los Corintios.

Desarrollo:

1. Las armas de nuestra milicia no son humanas (v. 3)

Cuando Pablo escribe a la Iglesia de Corinto, lo hace para defender su ministerio frente a algunos falsos hermanos que denigraban y menospreciaban su ministerio apostólico, considerándolo inferior al resto de los apóstoles o de plano desconociéndolo como tal. Pablo tiene que defender su ministerio, porque tal encargo lo ha recibido del Señor Resucitado. No ha sido llamado ni escogido por ningún hombre sino por Jesucristo mismo en persona camino a Damasco. Pablo es “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (2 Co 1:1).

Muchos en Corinto, pensaban que Pablo andaba en la “carne”, es decir, según criterios puramente humanos (v. 2). Decían que Pablo hacía las cosas sólo por interés, como las hacía la gente de este mundo. Pero el apóstol les responde: “Es verdad que vivimos en este mundo, pero no actuamos como todo el mundo” (TLA, v. 3). Pablo, como es lógico se movía según la carne porque tenía un cuerpo de “carne y hueso” como nosotros. Pablo era humano, demasiado humano como cualquiera de los aquí presentes. Pero Pablo no militaba según la carne, porque “ni lo humano ni lo mundano determinaba[n] su conducta, ni era el fundamento de su confianza”.[2]

En el versículo 3, Pablo hace una diferencia entre el “andar” en la carne y el “militar” en ella. “Pablo emplea, en la segunda cláusula, el término más específico de ‘guerrear’ o militar”.[3] La palabra griega que usa Pablo es strateiometha, de donde viene nuestro vocablo estrategia, y significa: ‘ir a la guerra’, ‘hacer una campaña’, ‘servir como soldado’, ‘luchar’ y ‘combatir’.[4] Hace ocho días, decíamos que la naturaleza de la guerra que estamos librando como “buenos soldados de Jesucristo” no era física sino espiritual. Por eso, Pablo no combate con armas humanas lo que sólo puede combatirse con el poder del Espíritu Santo de Dios.

La guerra de que aquí se trata era la que el apóstol hacía contra el error y contra todo lo que se opusiera al evangelio. Esta guerra, dice él, no está conducida según la carne; es decir, gobernada por los principios de la carne y la confianza en ella. Él no estaba guiado por los principios que rigen al común de las personas, que actúan bajo la influencia de su corrupta naturaleza; ni su éxito dependía de nada que la carne (la naturaleza humana) pudiera brindarle. Él obraba guiado por el Espíritu y con la confianza puesta en Él. ‘Lo que Pablo dice de sí mismo, se puede decir de todos los ministros fieles de de Cristo. Son portadores, por ello, de un precioso tesoro en vasos de barro. Por lo tanto, aunque están sujetos a enfermedades y tribulaciones, el poder espiritual de Dios resplandece en ellos’ (Calvino).[5]

2. Las armas de nuestra milicia son poderosas en Dios (v. 4)

Si vivimos en la carne (=como seres humanos) pero no actuamos según los criterios de este mundo, entonces eso significa que el poder de nuestras armas no es nuestro ni de este mundo sino de Dios. Como nuestro enemigo no es de este mundo, tampoco luchamos con las armas de este mundo. ¡Pablo está preparado para la guerra porque sus armas son poderosas en Dios! En nuestra propia guerra como iglesia San Pablo debemos tomar las dos armas ofensivas contra el enemigo a vencer, esas armas son la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios y la oración (Ef 6:17-18). ¡Si la Iglesia “San Pablo” va a avanzar será sobre rodillas! ¡Las rodillas dobladas que oran!

Pablo describió en otra parte el poder de Dios, porque el poder de la Iglesia radica en el mensaje salvador de ella proclama (Rm 1:16). Pablo sabía que la misión de un apóstol era como la lucha de un soldado, y cuando su ministerio es puesto en entredicho, Pablo contesta: “Con el poder que Dios nos da, anunciamos el mensaje verdadero. Cuando tenemos dificultades las enfrentamos, y nos defendemos haciendo y diciendo siempre lo que es correcto” (2 Co 6:7, TLA). Y el poder que Dios nos da, es el mismísimo poder que levantó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos. Además, Jesús antes de su ascensión dijo: “Toda potestad me es dada…” (Mt 28:18). ¿Dónde? “En el cielo y en la tierra”. ¡Jesús está con nosotros! (v. 20). De ahí que debamos usar el poder de Dios para destruir las fuerzas del mal. Cristo y la predicación de su cruz, son el poder de Dios para destruir fortalezas (1 Co 1:18, 23-24).

3. Las armas de nuestra milicia nos someten a Cristo (v. 5)

Cristo es el centro de nuestra vida, porque la vida cristiana es cristocéntrica en esencia. Pablo en su defensa de su ministerio como un soldado fiel de Jesucristo, dice que el poder de Dios lleva a la destrucción de todo aquello que se oponga al conocimiento de la verdad revelada en Jesucristo. Los creyentes en tanto soldados al servicio de Jesucristo, hemos sometido nuestra propia voluntad a la voluntad soberana de Dios en Cristo: “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. El himno cristológico de Filipenses 2 dice que Dios está “exaltado hasta lo sumo”, que el tiene un “nombre” que es sobre todo nombre y que un día todos se someterán a Jesucristo, independientemente de si son o no creyentes. Por eso es preferible que hoy mismo nos sometamos a Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios.

Conclusión:

Nació en el siglo X, su nombre de pila era: Temüjin, el mejor acero. Fue un hombre guerrero y temerario, logrando consolidar el mayor imperio del mundo. Ni el imperio de Alejandro Magno, ni el Imperio romano, podrían compararse con la extensión del vasto territorio que logró consolidar bajo un fugaz liderazgo, extendiéndose desde Europa Central hasta el Sur de Asia. Después de muchas conquistas militares los líderes tribales mongoles lo bautizaron como Ghengis Khan, “el emperador de todos los hombres”. Al final de su vida en 1227, pronunció las siguientes palabras: “He conquistado todo un imperio para ustedes, el resto del mundo se los dejo, es a ustedes a quienes les toca conquistarlo”.

¡Jesucristo conquistó el imperio de la muerte por y para nosotros, hoy nos toca a nosotros proseguir la guerra cuya victoria ya fue obtenida por él a favor nuestro! ¡El triunfo está asegurado, hagámoslo nuestro! Amén.

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas

INP “San Pablo”

04/05/08



[1] Flores-Rojas, E., ¡Guerra, guerra sin tregua! en http://dicenquepredico.blogspot.com/

[2] Hodge, Charles, Comentario a II Corintios, El Estandarte de la Verdad, Barcelona, 2000, p. 259.

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 160.

[5] Idem.

lunes, 28 de abril de 2008

¡GUERRA, GUERRA SIN TREGUA!


AT: Josué 5:13-15; NT: 2 Tim. 2:1-13

Introducción:

Era el 13 de mayo de 1940, hacía apenas un año que la Segunda Guerra Mundial acababa de comenzar entre la Alemania nazi y la coalición franco-inglesa. El recién nombrado primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchil, se dirigía a la Cámara de los Comunes en los siguientes términos: “Se preguntan: ‘¿Qué es lo que buscamos?’ Les puedo responder con una palabra: la victoria, la victoria a cualquier precio, la victoria a pesar de todo el terror, por arduo y largo que pueda ser el camino que conduce a ella: ya que sin la victoria no hay sobrevivencia. […] No tengo nada que ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.[1]

Desarrollo:

1. Dios el guerrero:

¡El Dios de la Biblia es un Gran Guerrero! Jehová de los ejércitos es su Nombre (Sal 46:7). Nosotros sus siervos somos sus soldados, somos su ejército, como dice el salmista Él esté con nosotros. Él es el Comandante Supremo, el Comandante en Jefe, el Dios de los escuadrones de Israel. Como hemos leído, cuando Josué y el pueblo de Israel se encontraban a la entrada de la gran fortaleza de Jericó, aquel primer bastión enemigo que había que derrotar, el comandante del ejército del Señor se apersonó delante de él con la espada desenvainada, señal de que estaba listo para conducir al pueblo de Israel a la guerra. Josué sin saber quién era, le inquiere diciendo: “¿Es usted de los nuestros, o del enemigo? -¡De ninguno! –respondió-. Me presento ante ti como comandante del ejército del Señor (Jos 5:13-14, NVI).

Tanto Josué como el pueblo de Israel deben conocer su posición estratégica; cuándo Josué interroga sobre la identidad de aquél extraño, éste le responde que no es de ellos ni de los otros, porque no es que Dios esté del lado de los israelitas, sino que ellos tienen que pelear las batallas de su Dios. Desde el cielo, Dios mismo como comandante de sus ejércitos, se presencializa para conducir la batalla en la tierra. Él toma en sus propias manos las riendas de la situación. Su pueblo va a pelear pero no lo hará sólo, porque Dios los está acompañando y dirigiendo, él viene a dar órdenes precisas de lo que debe hacerse para conquistar al enemigo (Jos 6:2-5).

Por eso, es que Josué al saber la identidad de aquel ángel, se postra sobre su rostro, le adora y le pide instrucciones: “¿Qué dice mi Señor a su siervo?” (Jos 5:14b). Lo primero que le exige es santidad: “Quita el calzado de tus pies…”. Esa orden es idéntica a la que Moisés recibe frente a la zarza ardiente (Ex 3:5). Esto es así, porque “Jehová de los ejércitos” es el Dios tres veces Santo (Is 6:3).

2. Estamos en guerra:

En San Pablo estamos en guerra, sí, estamos enfrascados en una gran batalla, del cómo libremos esta guerra dependerá la sobrevivencia de nuestra amada Iglesia. En este 2008 celebraremos 25 años de la existencia de San Pablo y nos encontramos en medio de una cruenta batalla. El camino que tenemos por delante no es fácil. Debemos saber que nuestra batalla no es contra seres humanos de carne y hueso como los que enfrentaron Josué, el pueblo de Israel y David, sino contra Satanás mismo y sus huestes espirituales de maldad (Ef 6:12). La naturaleza de esta batalla es espiritual, y tiene que combatirse espiritualmente en el nombre del Dios Todopoderoso. La batalla no es entre nosotros como hermanos en San Pablo, sino en contra de Sátanas, nuestro enemigo común. Es una guerra contra los poderes de las tinieblas. Cuando David enfrenta a Goliat lo hace en el nombre del Dios Todopoderoso (1 Sm 17:45-46). ¡Está guerra sin tregua, necesita soldados como David!

3. La guerra requiere buenos soldados:

Nosotros somos soldados de Jesucristo, él es nuestro Capitán. El apóstol Pablo nos invita a sumarnos a la lucha que hay que librar contra los poderes de las tinieblas (2 Tim 2:3-4). Pablo dice: “sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”. Nosotros como creyentes podemos escoger entre ser buenos o malos soldados, no hay términos medios. ¿Qué clase de soldados somos? A continuación daré una lista de aquellos que son malos soldados:

a) Soldados sin compañía: a los que les gusta pelear solos, son egoístas y no les importa el compañerismo, no saben que “mejor son dos que uno” (Ec 4:9).

b) Soldados que no tienen cuartel: no les agrada venir a la Iglesia o lo hacen esporádicamente, porque tienen cosas “más importantes” que hacer, o andan del tingo al tango, visitando iglesias diferentes cada domingo, son cristianos golondrinos. Son aquellos que dejan de congregarse en la Iglesia deliberadamente (Hb 10:25).

c) Soldados sin ejercitarse en la fe: como no vienen al Cuartel General (la Iglesia) a escuchar las instrucciones del Señor (el Comandante) para la batalla, están sin guía ni dirección (Ef 6:16).

d) Soldados a los que no les gusta la guerra: la evitan a cualquier precio, no quieren problemas ni compromisos con el Señor. Pablo dice: “Ninguno que milita…” La VP traduce: “Ningún soldado en servicio activo se enreda en los asuntos de la vida civil, porque tiene que agradar a su superior” (2 Tim 2:4). En 1 Tim 6:12 dice: “Pelea la buena batalla de la fe…” y en 2 Tim 4:7 escribe al final de sus días: “He peleado la buena batalla…”.

e) Soldados que no tienen o no usan uniforme: no les gusta identificarse como tales, son cristianos de domingo (Ef 6:11, 13).

f) Soldados sin sujeción: no quieren someterse a las órdenes de Dios y menos al pastor y líderes de la Iglesia (1 P 5:6-7).

g) Soldados sin armas: no tienen tiempo para orar y menos para leer la Biblia cotidianamente (Ef 6:17,18). Así se encuentran débiles y diezmados frente al enemigo.

Hace un momento decía que en San Pablo estamos en guerra, hay que luchar contra la apatía, la indiferencia, la falta de compromiso, las críticas, los rumores, la flojera, hay que luchar contra los malos soldados. ¡Somos soldados de Jesucristo! ¡Seamos entonces: buenos soldados de Jesucristo!

Pbro. Emmanuel Flores-Rojas, 27/04/07.


[1] Talbott, Frederick, Pensamientos de Winston Churchil sobre el valor, Panorama, México, D. F., 1999, pp. 65-66.